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Hablemos de los Jóvenesablemos de los Jóvenes.

 

 

El Rosario en Sevilla

PERFILES DE JUVENTUD

Calvario.

La vega apaga sus ocres uno a uno, transfigurando la penumbra en un pálpito intermitente, que es aliento final de su efímera e imposible vida. A intervalos se escuchan sus breves suspiros de melancolía, descubriendo en ese instante el misterio escondido que atesoran antes de entregarse al aire denso de la vega.

Hacía tiempo que estaba allí, asomada al barandal. Ahora sola. Se había quedado absorta mirando el eterno milagro de las tardes de la vega, y quiso por un instante fundirse en la nada, abriendo los brazos y entregándose a la mortal melancolía de la penumbra sin retorno. La detuvo la inesperada cercanía de unos pasos cansados, muy cansados, que buscaban la cita de siempre un poco más allá, en el banco, junto a la Cruz.

No la vio. Ensimismado en su rutina, la cabeza baja, se había sentado con la ayuda de su viejo bastón. Ella sí lo reconoció. Era el amigo de su abuelo, con quien venía aquí todas las tardes hasta que, ya hace unos años, empezó a faltar a la cita. Una vez los había visto. Los dos sentados, en silencio, mirando a la vega. No sé cuánto tiempo permanecieron así. Luego él había levantado la vista y llamó al abuelo de un empujoncito. Se volvió hacia donde estaba. Jamás olvidaré su cara. Estaba iluminada, con una sonrisa muy serena. Vamos compadre, le dijo. Y los acompañé hasta casa…. Hablaban casi sin respirar de sus recuerdos. Personas y momentos se amontonaban en cada palabra y siempre he pensado que se contaban sus silencios del Calvario….

Pare ella no había más recuerdo que aquel chico con quien había estado allí, hacía unos momentos. Llegaron discutiendo… como casi siempre desde que ella le había pedido salir hace unos días, llena de vergüenza. Él al principio no quería, aunque nunca le dijo por qué. Ella le gustaba… como otras, pero no sentía nada especial… Prefería dejarse llevar… Y tuvo miedo… Ocurrió en un beso. Ella cerró los ojos…Sonreía. Se entregaba. La sintió enamorada… de él. Y temblaron sus sentimientos… Aquello era diferente… Y se marchó, de pronto, corriendo… Ella siguió esperando..esperándole, queriéndole en silencio. Él cada vez estaba más reservado. Y esa tarde le había dicho palabras muy fuertes, con el rostro bajo…. Y ella le contestó. Le dijo cosas…que no sentía en absoluto… Pero, al llegar al Calvario, ambos se callaron. Se sintieron sobrecogidos por otro silencio distinto, pero que conocían bien… Lo habían escuchado otras veces también aquí…. Pero nunca a esta hora, en un día como hoy… Era el silencio de los nazarenos de la Piedad en la Madrugada. Él se estremeció. Volvió a ver en su alma el beso de ella. Y se fue… para siempre…

Ella seguía allí, todavía con lágrimas, mirando la vega, que le parecía una transparencia oscura de sus sueños de enamorada. Alguien entonces la llamó. Por un instante pensó que había sido… No. Era aquel hombre, que parecía despertar también de sus silencios… y la estaba mirando… con la misma sonrisa de su abuelo y un cariño infinito… Ella se acercó y le dio un beso en las mejillas. Luego se sentó junto a él. Y el silencio volvió al Calvario… y la vega, casi oculto el sol, recibía la última sonrisa del pueblo.

(Publicado en la revista "Piedad" en Cuaresma del año 2004)

Carlos José Romero Mensaque

El Rosario en Sevilla

En la Orilla.

EL VALOR DE LA PROMESA

La orilla se engalanaba de luces de cera en un Rosario de Gala. La armonía de padrenuestros y avemarías evocaban fechas idas en el tiempo, pero que todavía los viejos retenían en la eterna memoria de la emoción.

Melodías entrañables envolvían cada Misterio, con coplas breves, de estribillo pegadizo y esas saetas que, de vez en cuando, gritaba a la difusa penumbra de la madrugada la voz dominante del capellán.

En esta madrugada alguien llevaba con su luz el grito callado de una súplica apremiante, nerviosa, que no lo dejaba vivir. Su farol de asta, inmenso, le consumía rápidamente sus débiles fuerzas y cada nueva parada, parecía que iba a abandonar. Era uno de los faroles de promesa que algunos años la Hermandad debía contratar su porte en la procesión. El Prioste se angustiaba al ver el rostro desencajado del penitente, pero nada podía hacer.

Ante la Virgen, hace unos días, se pasó toda la tarde en la capilla. Después lo vinieron a buscar con expresiones de dolor y desesperanza. En la Hermandad no eran ajenos a lo que ocurría en aquella familia. Sabían que sólo podían hacer lo mismo que él. Las gentes del barrio conocían bien el precario valor de la vida. No esperaban más milagros que el sentirse acompañados, consolados por la Madre del Rosario, la Patrona y Señora de sus vidas... y sus muertes.

Hacía frío aquella madrugada. Las coplas sonaban un tanto quedas y el capellán debía forzar su voz para animar en los estribillos. Sin embargo, él estaba bañado en sudor, arrastrando el farol como si cargara una cruz. Miraba la luz...Esperaba llegar, conseguir cumplir la promesa, una promesa más allá del esfuerzo, era un compromiso... de amor. Y ahora, ante la desgracia, Alguien se lo hizo descubrir.

Al alba, durante la misa en la capilla, aquel rostro parecía encendido, distinto. Los hermanos, después, lo abrazaban entre lágrimas. Nunca lo habían visto antes llorar. Ahora se dejaba querer...y agradecía.

Dentro de unas horas saldrá la Procesión. Las gentes miraran a la Virgen y notarán el nuevo milagro en el eterno misterio de su mirada que a todos bendice. Desde sus ojos, llenos de luz y vida, Dios se hace presente en la orilla.

Carlos José Romero Mensaque

El Rosario en Sevilla 

Las hogueritas de la Vida.

Sonaba la atardecida en la vega como un eco infantil de voces lejanas, confusas, atropelladas... que se confunden en la puerta de la iglesia con la melancolía de miradas de años que se sonríen al entrar para el rosario.

Ella venía de casa de una amiga y había querido entrar en la iglesia. Las campanas la habían sorprendido rezando, casi a oscuras, ante la imagen de la Piedad. Se hallaba presa de una inquietud nerviosa que no podía dominar, que quizá fuera una tontería - ¡una más! que diría su madre- pero que necesita contársela a alguien... en quien pudiera confiar... De eso se trataba, precisamente. En la catequesis alguien iluminó su corazón hablando de la amistad como el sentimiento que más llena en la vida.. porque se basa en la confianza, en saber que tus palabras del alma quedarán siempre a salvo en el de la otra persona... Esta mañana aquella luz se apagó cuando quiso abordar el tema en la clase de Religión. Ni una sola de sus compañeras, algunas las presumía amigas, podía confiar de verdad en las demás...

El toque de Oración interrumpió aquel diálogo silencioso. Se acordó entonces de que era víspera de la Inmaculada y quiso salir a dejarse llevar por el sonido de la tarde, que se convertía para ella en una sinfonía de recuerdos de niña, cuando ayudaba a sus hermanos a apilar leña para la hoguerita. Se dijo que entonces, mientras miraba embelesada el fuego y jugaba con las amigas a ver quién resistía más tiempo su calor, no pensaba en el frío que hacía en esta tarde de diciembre. ¡Lo notaba ahora tan cerca... tan dentro!...

Por un instante quiso volver a ser aquella niña y correr hacia la hoguera que veía bien cerca, abajo... Se dijo que no, que tal vez fuera luego con sus primitos, porque su tía los dejaba a su cuidado... Y luego, por la noche, volvería de nuevo a la iglesia y en la Vigilia, junto a los amigos de Confirmación, encendería con la Virgen una vela a la esperanza.

(Publicado en la Hoja informativa "Piedad" de El Viso en Diciembre del año 2001)

Carlos José Romero Mensaque

El Rosario en Sevilla

Una tarde en París.

Le Sacré CoeurLa tarde adivinaba el rojizo presagio de las sombras nocturnas. París sonreía cansado en una intensa despedida de luz a los pies de la colina de le Sacré Coeur. La blanca mole de piedra albergaba confuso gentío, en parte silente, situado en el acotado espacio de oración, en parte, con ese extraño sonido contradictorio del turista que se deja llevar de un lado a otro sin fijar en nada su atención.

Ella sí sabía muy bien dónde estaba y lo que deseaba con todo su corazón. Era una chica joven, en esa edad entrañable de la primera juventud, donde la vida es todavía nostalgia no asumida de la infancia y apasionante búsqueda de una sensibilidad afectiva que ilumina los ojos con el ardor del corazón. En uno de los bancos reservados a la oración, se encontraba abstraída del molesto siseo, de la rutina de las velas de promesa, de la masa informe de gentes sin sentido. Estaba de rodillas, con la mirada absorta, ora en el altar mayor, ora en el suelo, dejando escapar, sin querer contenerse, lágrimas que salían del alma. Era un dolor que nacía y se calmaba al ritmo lento del cerco de esas lágrimas que no se molestaba en secar. No había en ella desesperación, ni angustia, sino una resignación activa, comprensión de lo irremediable, esperanza, quizá confianza inexplicable, pero que la confortaba

La veía en la distancia de unos bancos más adelante, y recordaba aquella entrevista en el instituto, con la todavía muy reciente impresión de la muerte de aquel familiar tan querido. No es fácil acompañar en el dolor a una chica con sus inquietudes, inquietudes que me recuerdan la frase que escuché en boca de un hombre con corazón de niño que vivía sólo para los demás: "Yo no sé sentir, sé querer". Y el amor se presentía en ella con cada palabra, en cada gesto, en las lágrimas que no intentaba contener. Incluso en esas dudas que la angustiaban, ese reproche sordo al Señor de la Vida, incomprensible, casi contradictorio. No había amargura, sino una extraña armonía de angustia y consuelo. Era una certeza profunda de que no habitaba soledad en su recuerdo por el ser querido, que el cariño de tantos momentos llenaba la ausencia llorada. Era algo tan fuerte que no podía dejar de sentir ese amor que inundaba la muerte, amor compartido en una familia, en una amistad de sinceros encuentros. Dios estaba allí, llorando también por ella, con ella, también con su padre en una dimensión incierta del milagro pequeño.

Cuando acabé de rezar, todavía seguía allí, ensimismada en sus recuerdos. Ya no lloraba. Se mostraba con un semblante sereno, decidido, seguro de sí. Me impresionó profundamente. En el atrio se encontraban los profesores y alumnos de nuestro Viaje Fin de Estudios. Estaban preparando la foto oficial y todos se iban sentando en las escalinatas. Pensé en ir a avisarla, que no se perdiera la foto, pero entonces ya salía sonriente, como si nada hubiese ocurrido en el interior de la iglesia. Cuando, con la cámara dispuesta, enfoqué a todo el grupo, no pude menos que fijar mi atención en ella. Era como ese milagro anunciado fechas atrás. Su cara iba a poco iluminándose con una belleza nueva, como si se llenara de esa luz brillante, llena de vida y amor que París entregaba cada noche desde le Sacré Coeur.

Carlos José Romero Mensaque

El Rosario en Sevilla

Atardecía en Montmartre.

EL RETRATO

Atardecía en Montmartre. En la pequeña plazuela de los artistas se adivinaba el encanto de la bohemia, quizá en demasía convertida en atractivo turístico, pero que en cualquier caso significaba una mirada cómplice a un mundo menos lógico, a ese deseo inconfesado a veces de vivir la existencia como una aventura donde se goza el instante sin que éste exista como dimensión temporal…

Había llegado allí nervioso y preocupado en busca de varias alumnas, que no se habían presentado a la hora fijada en la estación del funicular. Algunas miraban el trabajo de los artistas, otras todavía no terminaban de decidirse en las tiendas entre una torre Eiffel de plástico o aquel calendario del Louvre. Reconozco que estuve un poco desagradable. El apremio resultaba tan necesario como inoportuno para ellas, pero los compañeros llevaban ya media hora de espera. Proseguí mi búsqueda entre los puestos de los pintores, cuando me percaté, con mal disimulado enfado, que uno de ellos comenzaba a bosquejar el retrato al carboncillo de una de mis alumnas, que posaba ajena a cualquier prisa o inquietud.

Me acerqué diligente a pedir explicaciones a ella y a la amiga que la esperaba: "Pero no os dais cuenta de la hora que es… Vuestros compañeros llevan esperando un buen rato y a ti no se te ocurre otra cosa ahora, precisamente ahora, que hacerte un retrato. Su amiga intervino, disculpándose: ya nos íbamos a ir, pero pasamos por esta plaza, y vimos como este hombre terminaba de pintar a otra chica y nos encantó, preguntamos precio y nos decidimos a hacernos el retrato. La verdad es que no miramos la hora… A mí acaba de hacérmelo", me dijo, mostrándome su retrato con orgullo. Estaba confuso. Reconozco que hasta entonces no había sido capaz de percibir más que mi propios nervios. Poco a poco comencé a ver la escena con ojos nuevos: toda una multitud se había aglomerado en torno al retrato que iba tomando forma en las ágiles y precisas manos del pintor. Fue entonces cuando reparé en que me había colado entre ellos y ahora me encontraba en primera fila. Pero lo que más me conmovió fue la modelo: su cara era la imagen viva de la ilusión: sonreía tímidamente ante las indicaciones en francés. Su belleza iba llenando de luz aquellos trazos confusos. El pintor estaba encantado con ella, la piropeaba y yo me sentí tremendamente feliz por ella porque aquel hombre estaba realmente impresionado por el rostro aún niño de mi alumna, adivinando la mujer que asomaba en la dulzura de su mirada, en sus pequeños labios entreabiertos, en la rotunda valentía de su cuello.

El pintor, que comprendía mi situación, me aseguró que no tardaría mucho, pero mi actitud había cambiado completamente. Aquel momento era de ella y sólo de ella y yo no quería de ninguna manera robárselo. Le hice señas que no tuviera prisa. Sonrió agradecido. Terminó al fin con gran teatralidad. La chica quedó encantada, pero se le escapó un breve comentario ¡Me ha pintado como si fuera mayor! ¿Fue un reproche o un descubrimiento?. Felicitamos al pintor, que estaba realmente contento. Y nos fuimos corriendo hacia donde se encontraba el grupo. El retraso era ya de una hora. Las tímidas gracias de la chica me terminaron de hacer comprender que el Viaje era de ellos, y que acababa de hacer posible un pequeño sueño.

En la última tarde que nos ofrecía París, decidí aprovechar unas horas libres para volver a Montmartre. Era más fuerte que yo. Me adentré en el interior de la basílica de Sacré Coeur, recé sentado en sus bancos y mi mente se hizo un rosario de momentos del Viaje. Abajo, París se difuminaba entre las penumbras de la tarde. Salí cuando el sol todavía brillaba tímido entre las torres. Recorrí ensimismado las calles de Montmartre, respirando el tiempo que no quería contar, aprovechando la pequeña brisa que dejaba el sol con su ausencia, descubriendo le "charme" de la plazuela donde aquellos hombres y mujeres artistas iban recogiendo sus pinceles, caballetes… ultimando todavía algún retoque en una cuartilla, o finalizando un cordial regateo con un cliente… La luz era ya sólo sombra de atardecida. Me acordé de aquella chica, de esa belleza que sólo París puede revelar y que adivina en la mirada tímida de una niña el amor florecido de la mujer.

Carlos José Romero Mensaque

El Rosario en Sevilla

La notaba extrañamente perdida en sus silencios y me inquieté. ¡Cuántas veces Sabíamos sabido callar adivinando los pensamientos del otro! Y ahora me pedía una palabra para romper un silencio que la perturbaba. La conozco lo suficiente para sentir que algo envenenaba su alma de adolescente...Y no era la tristeza de otras ocasiones...mientras paseaba por los patios del colegio...frutos de desencuentros... Se trataba de algo más profundo...Lo sabía. Lo temía...

Siempre te arriesgas un poco al hablar en clase de Religión a estos chicos sobre el amor y la amistad porque no te puedes quedar en lo teórico y necesariamnete hay que descender a la experiencia vivida por ellos, por ti...Sus primeras palabras sonaron duras, difíciles, molestas: "¡He perdido la ilusión en el amor! No sé. Es como si me hubiera dado cuenta de que te puede gustar una persona, ilusionarte con ella...pero ¿amor? No. Ahora sé que no." Y piensas en que quizá se ha hablado un tanto idealmente del Amor, de Dios... que pueda parecer utopía cualquier experiencia humana...pero no era eso. Hablaba de su vida, de su encuentro real con ese amor, o, por mejor decir...desamor.

Y la noto resignada, como quien abandona a su suerte una batalla perdida...de antemano. ¿Quizá esté cansada de luchar?...Pero si sólo tiene...No. No me puedo fijar en su edad. A veces el amor llega en un instante...se va...pero deja la huella...la ilusión...el dolor....y en el amor no hay edad. Y ella lo había soñado tantas veces. ¿Recuerdas? Aquel diario que me enseñaste. ¡Dios! Cuántos sentimientos que creías perdidos, esas miradas que podían derribar fortalezas inmensas...Y era verdad. Te reías mientras me mirabas fijamente y notaba la fuerza de un amor que deseaba salir..de unas inquietudes que te mantenían despierta....

Y llegó el amor, tímidamente, con caricias escondidas...con miedos...y nació ese despertar intenso del sentimiento correspondido, del beso que le abría las puertas de una dicha... sin fin... La duda... La amistad... Y percibía su rostro de enamorada, el hechizo de su mirar que irradiaban sentimientos a veces perturbadores.... Fueron momentos de vida que la hacían ser. Se la notaba feliz... como nunca. Su sonrisa jamás había sido tan encantadora.... Acuérdate. Veía a Dios en ti, en tu amor...Y esa voz que sonaba firme, segura...y te animaba...

¿Y ahora? Siento que es la misma, pero algo ha cambiado en ella...Y no es su amor que late con fuerza en un corazón siempre inquieto, apresurado...que la invita a compartir ya sonrisas, ya lágrimas...que no pueden reprimir, sin embargo, el azúcar de sus ojos...y te contagian su dulzura. Tampoco es la fe...pues sigue bien vivo en ella ese Dios Amor, que tan bien conoce...a quien siempre reza poniendo el alma en cada plegaria...¿Qué es, entonces?.... Me dice que es la ilusión...de amar. Siente que ha perdido la esperanza en un amor...como el suyo, que no lo descubrirá ya después de... Y piensa que todo eso la ha hecho "madurar" como a los adultos. Y estas palabras duelen, sobre todo, porque sé que no es verdad, que la madurez nace precisamente del amor (que siempre es joven), nunca del desengaño...a pesar de todo.

Prefiero no insistir. Pero algo muy profundo me dice que sus sombras se disiparán...y el amor llegará a su vida en silencio, desde la alegría que piensa perdida, desde la inquietud que abre su corazón hacia los demás....desde la ilusión que contagia entre sus compañeros cada vez que te habla, te mira...y sonríe.

Ahora que lo pienso, me parece mentira que no sea ella quien me haya escrito esto a mí.

Carlos José Romero Mensaque

El Rosario en Sevilla

- I -

Se siente inconformista con muchas cosas. A veces te sorprende con afirmaciones categóricas en temas controvertidos, escabrosos, de difícil definición moral. Quiere que la escuchen, sentirse integrada entre personas a las que aprecia... y está convencida que ese es el mejor modo. Es como si dijera "Quiero que habléis de mí, aunque sea para criticarme"

Siento su mirada cuando pregunto sobre algún tema en las reuniones. Alguna vez la he interrumpido mientras hablaba por una hacer una breve apostilla y no volvió a pronunciar palabra en toda la tarde. Parece una persona encerrada en sus opiniones, un poco intolerante, que no se calla una, que te "choca" una y otra vez. Y lo sabe. Muchas veces nos lanza un desafío "Así es como soy...Si me queréis aguantar...".

Sé que muy por encima de esa apariencia, hay una persona profundamente sensible, que se desvive por su familia, por sus amigos...Pero le da vergüenza que la descubran así, se siente vulnerable...Sé que tiene miedo. Se le ha "escapado" en esos fugaces momentos donde hemos podido compartir inquietudes que sólo nacen de la confianza entre amigos. No, no es un miedo concreto ante una situación perfectamente definida. Es otro miedo, difuso, profundo que forma una coraza en su corazón.Y sufre en silencio porque quiere arrancársela y teme -como una obsesión- que con ella se vaya también su propio corazón, que es su signo profundo de identidad. Hemos aprendido a darnos cuenta; sonreímos cuando ella se enfada y lanza una de sus andanadas para provocarnos...y se queda perpleja. La queremos muchísimo. Sabemos que de alguna manera nos necesita. Nadie lo dice, pero es algo especial que nace muy adentro. Tratas de acercarte, de acunar su corazón con tu afecto...y sale...y lo agradece...en silencio.

¿Por qué se siente así? Creo que ese miedo es por ella misma, porque le parece que es incapaz de ser como quisiera, que mira a su corazón y lo encuentra impregnado de pequeñas manchas oscuras que la hacen creerse indigna quizá de un afecto sincero de amistad: odios, resentimientos, prejuicios...Si pudiera ver nuestros corazones, también los encontraría así. Quizá ella ve con más claridad...Pero lo que no puede percibir es que esas manchas no existen, que son reflejo de la negra coraza que muchas circunstancias...y personas le han ido colocando. La entiendo. Sin esa "defensa", tiene el temor de sentir frío...y soledad. Yo también tengo miedo por ella. Quisiera que entre todos pudiéramos levantársela, que sintiera más de cerca la tibieza de la amistad y su corazón se aclimatara a la cálida presencia de un amor que aunque sale de nosotros sé que no es nuestro. Me da miedo, sí...pero siento en el fondo de mi corazón que Alguien la está ayudando, nos está ayudando.

Yo no sé si va a comprender mucho o poco el Misterio de la Trinidad, que tanto hemos discutido. Tampoco sé si terminará de entender a una Iglesia en la que todavía no somos capaces de transmitir un testimonio profundo del amor de Cristo, pero sí me consta que ese amor está entrando en su corazón, liberándolo de miedos y de angustias y haciendo nacer el suyo, el sentimiento escondido, la ternura que un día verá la luz con la misma claridad de esos destellos que alguna vez he sorprendido, mientras sonreía, en sus ojos .

Carlos José Romero Mensaque

El Rosario en Sevilla

- II -

Llama la atención. Su pelo corto teñido de rubio chillón y la chaqueta negra de cuero definen una personalidad que trata de afirmarse, de luchar por ser...entre la rutina de una mediocridad que tantas veces te anula, te hunde en la triste angustia del sinsentido. Pero no tiene tiempo siquiera para pensarlo. Su vida se sale de los esquemas convencionales. Tendría sí, quizás, que hacer un alto en su camino y buscar algún alivio al desproporcionado peso de una cruz que muchos le están haciendo cargar en su menudo . No puede más y, sin embargo, su voluntad y unos hombros acostumbrados al dolor y al esfuerzo la soportan con entereza...

Su semblante transmite coraje, ganas de vivir. Si no te fijas en sus ojos te parecerá

encontrarte ante una persona que sabe encajar la vida con optimismo, segura de sí misma, que contagia su vitalidad...Nunca la verás sola. Son muchos los compañeros que ven en ella el valor que les falta, el cariño que necesitan, la palabra de calor... Pero sus ojos están tristes, sin luz. No soy capaz de ver en ellos sino amargura, soledad...Se ha dado cuenta de que la estoy mirando. Me sonríe...pero es sólo un efecto agridulce el que expresa su rostro cansado.

Tiene sólo 16 años, pero parece mayor porque ha ¿vivido? mucho en muy poco tiempo. Le

cuesta estudiar. Le falta ...ilusión...Como a tantos jóvenes. Sueña, sí, a veces, pero no es capaz de cerrar los ojos siquiera... No puede permitírselo. Molesta, da coraje saber su realidad...Pero hay algo en ella, no sé. Es como si sintiera que su corazón late con fuerza, queriendo salir... Ella parece que no le da importancia. De hecho, no le gusta que se lo diga, le parece cursi...Pero sin duda es su amor lo que bulle en su interior, un amor difícil, de dar más que de recibir, de paciencia, de amistad...A veces le rompe el corazón...pero la mantiene viva.

¿Cómo puede sentir tanto amor esta chica - me pregunto muchas veces- si vive en su casa

un auténtico calvario de incomprensiones, al que no se ve salida...¿Cómo puede dar tanto cariño quien lo ha sentido tan pocas veces? Aquella noche, al acabar la clase, se animó a contarme algo de su dolor. . Estábamos estudiando desde hacía varios días la Pasión de Cristo, trataba de hacerles ver como Jesús quiso cargar en su cruz con todos nuestros sufrimientos, con nuestras cruces sólo por amor... Pero ella nunca intervenía. Lloraba por dentro porque se identificaba con aquel sacrificio por amor...mas callaba. No pudo más. Rompió su serenidad de adulta y surgió la adolescente que quiere ser comprendida, que quiere llorar...que necesita un poco de afecto. Fue sólo un instante. Pronto volvió a su realidad. Era viernes y necesitaba salir, divertirse, no pensar... Todavía quedaba mucho para volver a su casa.

No quería resignarse a la rutina del desencanto. Se niega a aceptar sin más la sinrazón de

la violencia, de la degradación humana de alguien muy querido que le está haciendo mucho daño a ella y los suyos...Pero su cruz...de amor...no sólo anima, consuela. También devuelve a la vida, "resucita". Me enteré hace poco. Ha sido algo que dice mucho de ella

Era compañera suya de clase, vecina y empezaban a ser amigas. Compartían inquietudes, ilusiones y problemas...El mismo que ella, pero esta chica no tenía su fuerza, su empuje. Se veía morir aplastada por una cruz que no quería sentir como suya. Tuvo miedo..perdió el sentido de todo. Ya nada le importaba y quiso morir. Se encerró en el cuarto de baño y se tomó cuantas pastillas iba encontrando. Tuvo suerte. La encontraron todavía con vida...Hospital, Psicólogo... Seguía igual. Quería morir. Entonces apareció ella. No sé que le diría, pero noté que desde entonces su cruz le pesaba aún más. La chica está aprendiendo a vivir. Son inseparables. Apenas la deja respirar, estar sola. Ahora siente que hay alguien que le importa su vida, que nunca la perdonaría si cometiese de nuevo esa locura.

Con vidas así. sé que Jesús sigue muriendo y resucitando entre los hombres. Su amor no

puedo de dejar de sentirlo en esta adolescente, menuda, simpática, con bastantes problemas de notas, con esa forma de vestir que crea prejuicios ... pero que es capaz de dar su vida sin pensar ni siquiera en sí misma.

Carlos José Romero Mensaque

El Rosario en Sevilla

- III -

Ha sido alumna mía durante un curso. Luego se ha integrado en el grupo de Confirmación. Y confieso que no he llegado a conocerla de verdad, comprender sus actitudes a veces tan contradictorias, su simpatía desbordante y su melancólica tristeza y apatía. Sólo en alguna conversación he llegado a atisbar su misterio, un misterio profundo, pero hermoso...tan difícil de percibir que ni ella todavía lo ha conseguido.

Ha vivido el dolor de los desencuentros y la hipocresía y tiene miedo de afrontar una vida que siente que pasa ante ella sin detenerse. Y piensa que no ha hecho nada. En sus ojos veo reflejados la inquietud de romper con todo lo que ha sido rutina , aburrimiento...pero también una densa y persistente sensación de cansancio que la adormecen, la encierran en una realidad soñada que le permita no ser ella, sino una espectadora más de la película de una vida que no quiere admitir como suya.

Quiere marcarse unas metas. Sé que ha luchado en las batallas de su alma, queriendo ser como esas amigas a las que admira y quiere, desbordando un cariño que no sabe utilizar para su débil, pero enorme corazón. Y creo que al final ha hecho balance de esas batallas, y no ha sabido contar bien las que ha ganado y las que ha perdido. Ni siquiera se ha apercibido que las que consideraba defensivas, han sido en las que más se ha expuesto. Y me refiero a las de la amistad, donde ha ofrecido su cuerpo como para parapeto para que muchos no fueran alcanzados. Cuando hablo con esa otra amiga tan entrañable para ella, me doy cuenta de que esas batallas las ha ganado.

Es verdad que le pierden sus nervios, que no asimila las realidades que no le gustan, que no piensa demasiado las consecuencias de sus acciones por ese afán en romper moldes, por cambiar...pero eso le ayuda a bajar de esa nube de sopor, de rutina...Se despierta, se anima...aunque sea llorando. .Porque el dolor es para ella el comienzo de una nueva batalla por ser ella misma...Esas tormentas la descubren fresca, limpia, sin máscaras que afean tanto su semblante. Confieso que me he preocupado al verla a veces con un rictus de ironía que no sabía disimular, como su sonrisa entonces se agriaba y aparecía una caricatura maquillada con polvo blanco que asustaba. No sabía ser hipócrita...por lo menos con nosotros.

Tampoco pudo nunca disimular su profunda tristeza cuando el amor parecía ser sólo para ella una sucesión de hábitos de afecto a una persona con la que no podía compartir ilusiones, inquietudes. Frente a la incomprensión de casi todos, rompió con su novio tras largos años de relación y se lanzó hacia una aventura que sólo parecía fruto de una grave inmadurez. Se sintió muy sola, encerrada en sí misma, consolada sólo por el cariño del chico que resucitó en ella la ilusión del amor. Cuando ya desesperaba, buscó el calor que creía perdido de la amistad...y lo halló en personas que de verdad la querían. La comprendieron. La animaron. Estaba tan contenta que emprendió de nuevo sus estudios...y hasta ahora...

Muchas veces pensé que iba a abandonar la Confirmación. El empeño de su amiga la animó en momentos decisivos en los que andaba perdida. Llegué a dudar de su sincera actitud de confirmarse. Gracias a ello, pude acercarme a ella rompiendo mi papel de profesor o catequista, que ella había sentido siempre roto desde mucho tiempo atrás. Me avergoncé de mis prejuicios ante el cariño de quien espera mucho de mí, de mi comprensión. Ella me hizo descubrir que tenía delante una persona llena de ilusiones a pesar de sus desesperanzas, llena de amor...me di cuenta de que para ella el amor es la ilusión de su vida, la que le permite luchar, cambiar aunque le cueste el alma...que lo da esperando verse reflejada como en un espejo en la persona amada... Y tuve que sonreír...como ella.

Era para mí una nueva persona, la que siempre había sido, la que he perfilado más con el corazón que con la psicología de profesor, la que ha llegado a ser mi amiga...aunque todavía haya tantas cosas que no comprendo en ella.

Carlos José Romero Mensaque

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© El Rosario en Sevilla 2004. - Carlos J. Romero Mensaque