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         Temas de opinión sobre la Religiosidad popular y las Hermandades.


Religiosidad Popular y Hermandades.eligiosidad Popular y Hermandades.

Un primer acercamiento al tema de la religiosidad popular – o catolicismo popular, como concretan algunos autores- nos llevaría a definirlo como una expresión cultural y festiva, legado tradicional de siglos, en la que el pueblo expresa sus sentimientos a través de unas formas religiosas nacidas como catequesis sensorial de los Misterios fundamentales de la fe cristiana. Para algunos, no es más que eso, un interesante fenómeno digno de estudio y análisis antropológico. Para otros, la mayoría, es algo indefinible, pero que se siente muy unido a la existencia cotidiana, que la determina en un sentido profundo, trascendente... aunque se difiera a veces de la ortodoxia confesional.

El P. González Dorado, una de las personas que con más clarividencia ha sabido estudiar y valorar el fenómeno de la religiosidad popular, ha definido a Andalucía no como un pueblo de cultura religiosa, sino de fe religiosa, que es algo distinto pues supone que la devoción a Cristo o María no nace sólo de un entorno de manera tradicional, sino que cala de verdad en la vida de las gentes y esto a pesar de que, paradójicamente, nuestro es uno de los que más bajo índice de cumplimiento religioso (misas, sacramentos...) poseen.

El pueblo sigue encontrando en la religiosidad popular un apoyo vital importante en tiempos como el actual de crisis de valores, de cambios profundos en la sociedad y ello no deja de ser significativo. En Sevilla esa juventud inquieta que busca nuevos horizontes en medio de una penumbra cada vez más oscura y densa todavía es capaz de encontrar -en una proporción numérica apreciable- un polo de atracción en esta religiosidad popular enmarcada en las hermandades y cofradías, aunque quizá más en esa vertiente externa del nazareno o, sobre todo, del mundo del costal o las bandas de música que en el seno de los grupos jóvenes que, no obstante, sigue siendo hoy día y desde hace varios años un elemento importante y renovador de nuestras hermandades.

El fenómeno de la religiosidad o catolicismo popular supone la asunción efectiva de un cierto protagonismo en la vida eclesial por parte de un pueblo al que, paulatinamente, el clero había relegado a una posición secundaria respecto a las celebraciones litúrgicas, en las que no sólo carecía de participación, sino que ni tan siquiera alcanzaban a comprender: el latín ya no era la lengua común en el Medioevo y los ritos se habían convertido en algo de exclusiva competencia de los clérigos. La jerarquía se había ido separando de la comunidad de fieles, convirtiéndose en una élite dirigente que tomaba todas las decisiones, ignorando muchas veces las verdaderas necesidades espirituales del pueblo a él confiado.  

Esta situación es patente en la Plena Edad Media. El pueblo no encuentra cauces adecuados para vivir su fe, su relación con la divinidad, con los Misterios de Cristo, con la Iglesia. Surgen entonces numerosos grupos carismáticos que aspiran al ideal de las primeras comunidades cristianas tal y como se recoge en los Hechos de los Apóstoles, pero de todos ellos pocos se van a mantener en la ortodoxia, intentando una reforma de la Iglesia desde fuera de su comunión, que no tendrá la trascendencia de una interior como la promovida por las Ordenes Mendicantes (franciscanos, dominicos...) que supieron encontrar la forma de integrar más activamente al pueblo en la Iglesia, haciéndole más accesible los Misterios de la fe con una catequesis muy elemental basada en lo sensible, sentimental...a través de prácticas devotas que les fueran conduciendo poco a poco a la comprensión de la religión oficial, litúrgica. Pero era mucha la distancia a superar y la Jerarquía tampoco la acortó a pesar de la necesidad pastoral de tantos fieles, por lo que estas sencillas devociones calaron en el pueblo, les sirvió para expresar una relación con la Trascendencia, que era algo esencial en sus vidas. Son los casos de los Vía Crucis o el Rosario, que van a adquirir su apogeo en el Barroco.

Esta génesis de la religiosidad popular va a determinar en gran medida su trayectoria histórica y, a pesar de que la Jerarquía trató de integrar estas manifestaciones en sus ámbitos pastorales, sobre todo a partir del Concilio de Trento, al hacerse consciente de su creciente importancia y arraigo popular - los casos de la Semana Santa en la segunda mitad del XVI y el fenómeno rosariano del XVIII- reiteradamente éstas tendían a no dejarse encuadrar en ninguna forma organizada, permaneciendo un tipo de cristianismo ciertamente marginal, muy espontáneo, consustancial a la base del pueblo, que encontró el medio idóneo para permanecer en la ortodoxia eclesial y a la vez salvaguardar sus genuinos valores a través de unas asociaciones laicas surgidas por iniciativa también popular y que la Iglesia legitimó con la aprobación de sus estatutos, las hermandades.

La Hermandad se constituye en este sentido como el ente que canoniza una devoción concreta surgida espontáneamente en el pueblo, es decir, se trata de una asociación peculiar que va a servir como medio de integración en la Iglesia a distintos fenómenos de religiosidad popular, no coartando o limitando su espontaneidad, sino únicamente dotándolo de una necesaria organización dentro de los márgenes de una institución con cierta autonomía dentro de la Iglesia y que el pueblo no deja de sentir como suya.

En el caso de la Semana Santa, la constitución de hermandades en torno a Vía Crucis o determinadas imágenes pasionales hizo posible que estos usos no se entibiaran con el paso del tiempo ni se quedaran reducidos a unas manifestaciones circunstanciales, sino que supieron encuadrarlos en el ámbito de otros fines de culto y caridad tal y como figuran en sus Reglas fundacionales que son aprobadas por la Jerarquía de la Iglesia, que promueve la fundación de hermandades entre los grupos de devotos que en la Cuaresma y Semana Santa realizan prácticas espontáneas de piedad, tratando así de someterlos a su directo control. 

En la línea de la Nueva Evangelización propugnada por Juan Pablo II, la Iglesia va percibiendo cada vez con mayor claridad que la religiosidad popular y su arraigo entre las gentes puede constituir todo un proyecto de pastoral de futuro ,y es que el futuro de la Iglesia pasa por un volver a las fuentes, a las primeras comunidades donde se compartía en plenitud la fe y la vida del Evangelio. Pero para ello es necesario partir de un reconocimiento de los valores que contiene esta religiosidad, asumirlos desde la necesaria purificación e integrarlos desterrando prejuicios y esa sangrante condición de marginalidad en la que se hallan sumidos. Europa debe ser evangelizada de nuevo, recuperar sus raíces cristianas en sus valores esenciales de amor al hombre, solidaridad con los pobres y desheredados de la tierra, con los que sufren injusticias y vejaciones. Ellos, que viven en ese Cuarto Mundo que todos hemos fabricado en nuestras propias ciudades con el egoísmo y superficialidad que tantas veces nos caracterizan, muestran al Jesús sufriente que padece y muere por una humanidad que no le comprende. 

También los cofrades, en este sentido, son responsables de ese Cuarto Mundo en sus ámbitos sociales cuando se despreocupan de su testimonio cristiano ante el hermano que sufre, encerrados en sus hermandades, disfrutando egoístamente de sus tradiciones. Y las hermandades tienen mucho que decir en Andalucía sobre ese proceso de Nueva Evangelización porque gozan del respaldo casi incondicional de todo un pueblo que se aglomera masivamente ante sus imágenes. Como se diría en lenguaje actual de Iglesia, pueden ser promotores de una pastoral de frontera porque tratan con muchas personas para quienes su única relación con Cristo y la Iglesia es su Cristo, su Virgen o su cofradía. Desde la religiosidad popular pueden constituirse en los adelantados de la Iglesia para llevar el Evangelio al pueblo, para darle una razón seria de vivir en una época carente de valores que sean capaces de trascender la propia existencia presente.

En las manifestaciones de religiosidad, los cofrades presentan al pueblo a un Cristo que sufre y muere por ellos, pero ese Cristo no es alguien ajeno a su existencia, sino que, a través de la devoción, lo identifican con ellos, con sus problemas, preocupaciones y también alegrías. Eso les mueve a confiarse a Él, a pedir su ayuda, porque en sus sufrimientos de la Pasión ven reflejado su propio camino del Calvario, que es la cotidiana existencia, la difícil situación social y económica de Andalucía, que sigue viviendo en el subdesarrollo en tantos aspectos. Por eso no hablan de Cristo, sino de nuestro Cristo y, al identificarse con él en su Pasión y Muerte en la Cruz, también confían en la futura Resurrección gozosa que da sentido a su fe y su vida. Cristo muere por Amor y por Amor Dios lo resucita y sigue presente entre ellos. 

El pueblo no siente muerto al Cristo Crucificado de los pasos. Nuestras gentes saben vivo a ese Jesús que muere por ellos porque ha sufrido con ellos. Es la fe sencilla que presiente el Amor sin comprenderlo, porque lo experimentan. Es esa humilde esperanza a la que se aferran las gentes confiando en quien puede darles nueva vida desde su sufrimiento. Y es que el Camino de la Cruz es un camino de Amor. Si los cofrades fueran capaces de testimoniar este sentido en sus estaciones de penitencia, comprometerse por amor a servir y sufrir con sus hermanos hasta el extremo de morir un poco con ellos en su terrible suplicio, sin duda harían realidad el proyecto de Nueva Evangelización, catequizando al pueblo, fin principal de nuestra Semana Santa. 

Pero eso sólo será posible cuando el testimonio como nazarenos o costaleros en torno al Cristo de su devoción tenga un reflejo en la vida cotidiana con su amor a esos otros Cristos que son los hermanos que sufren y pasan necesidad. Los cofrades, bien personalmente, bien a través de sus hermandades, deben hacerse presentes con su solidaridad ante las necesidades de ese pueblo que mira con devoción y cariño a ese Cristo que la hermandad le ofrece en Semana Santa y hacerles comprender que, en su nombre, los cofrades acuden con caridad a hacerle visible ante el hermano que sufre. No se trata de dar limosna, sino de darse y compartir con los demás la fe y la vida.

La religiosidad popular es un valor en bruto en nuestra Iglesia de cara a los nuevos tiempos. Las hermandades tienen el grave compromiso de que esta religiosidad sea purificada y reevangelizada hacia un compromiso serio por Cristo haciéndolo presente en la sociedad. Para ello es necesaria una labor conjunta con las parroquias y otras comunidades cristianas, sintiéndose Iglesia, demostrando que los cofrades no sólo viven para sacar pasos a la calle o vivir una religión de sentimientos evasivos y cerrados, sino que, con sus tradiciones y carismas, son capaces de llevar la esperanza del Evangelio de Cristo a la vida del pueblo que sufre y reza ante el paso de las imágenes.

 Carlos José Romero Mensaque

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© El Rosario en Sevilla 2004. - Carlos J. Romero Mensaque