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         Temas de opinión sobre la Religiosidad popular y las Hermandades.


Meditación ante el Cristo de la Buena Muerte y Nuestra Señora de la Piedad.editación ante el Cristo de la Buena Muerte y Nuestra Señora de la Piedad.

El Viso del Alcor (Sevilla), 13 de marzo de 2004

PREÁMBULO

Meditación ante el Cristo de la Buena Muerte y Nuestra Señora de la Piedad.Estamos otra vez aquí, Señor. La noche parece cerrarse sobre nosotros y en este Calvario de dolor no puedo sentir sino angustia y desesperanza. En el libro de mi alma hay páginas enteras de una poesía extraña, melancólica e intensa, que me acerca al Misterio de Dios, hiriendo mis sentidos de compasión hacia el hombre que, sin saberlo, busca una mirada de luz distinta en la vida que le han puesto por delante, en una felicidad que no se escape en la fugacidad del tiempo, en un amor que nazca siempre nuevo de su corazón y en él descanse.

No siento el tiempo ahora que estoy contigo. Quizá por eso no pueda pensar en el hecho de que estás muerto y no consigues escucharme. Quizá por eso no haya descubierto todavía que estoy delante de una imagen de madera que puede inspirar devoción, pero no puede mirarme como yo necesito. Quizá, Señor , pero en la oscuridad de esta muerte como fondo, mi vida se proyecta desde tus ojos sin luz en una sucesión de imágenes tan queridas que las invisibles lágrimas del alma surcan mi rostro en un escalofrío, y en todas ellas, Señor, estás Tú, como ahora, como si no hubieran pasado los años, como si siempre hubiera estado aquí, contigo, con ese tu amor dormido, que no quiere despertar a los hombres por no molestarlos.

El Rosario en Sevilla

LA CRUZ DEL MUNDO

En esta noche sin tiempo comprendo esa inquietud de los hombres, comprendo que se sientan molestos contigo: ¿por qué no nos dejas con nuestro pequeño amor, con ese afecto sensible tan nuestro con el que nos emocionamos ante tu imagen e incluso lloramos lágrimas sinceras? No es agradable que quieras llevarme desde la devoción a tu imagen a ese Calvario en que te encuentras muerto... un Calvario sin lugar concreto... pero que sin embargo, siempre es tangible en nuestro mundo, nuestro pueblo, nuestra vida.

Porque no hay Calvario sin cruz. Y Tú acabas de morir en ella, en la misma que te han hecho arrastrar por las calles de Jerusalén, en la que te prepararon hombres como yo, porque también les molestabas... y les sigues molestando... y también en la misma que, tras de ti, han seguido crucificando a tantos hermanos nuestros con los clavos de la violencia, el egoísmo o la hipocresía. Por desgracia, parece que tu verdadera cruz no está guardada sólo en los relicarios de las iglesias, sino que permanece entera, firme y dispuesta, llena siempre de sangre derramada...

Esa Cruz no es agradable. Sabe demasiado a sufrimiento y también a Sin Sentido.... Y, no obstante, nosotros, los que decimos creer en Ti, la presentamos como un signo de nuestra identidad, la llevamos siempre con nosotros, la colocamos en nuestras casas e iglesias e incluso nos indigna que no esté en los colegios o los centros oficiales.... Pero creo que es otra cruz, abstracta, idealizada, gloriosa, que no recuerda tu compromiso, tu sacrificio, tu muerte.

El Rosario en Sevilla

MUERTO POR AMOR

Y has muerto, lo sé, lleno de amor, un amor inmenso, el propio Amor de Dios hecho corazón de carne, sensible, comprometido con la causa del hombre, sobre todo de los que no tienen esperanza. En el Calvario donde ahora te veo es de noche y hace frío. Siento la soledad profunda de toda esa humanidad que esperaba en Ti el gran milagro de Dios, que te pedía que bajaras de aquella cruz, que acabaras con la profunda infelicidad de la injusticia, que desterraras para siempre la cruel sentencia de la muerte, nuestro fin inexorable.

Tenías que morir...Bien lo sabes. No hacía falta que te lo advirtieran. El mundo no puede soportar nada más allá de sus lógicas rutinas, las que nunca molestan porque nunca pasan de ser superficiales, asépticas, insertas en una ética de las formas que nacen de la sonrisa estereotipada de quienes viven sin dejar vivir, temerosos de perder un poder que en el fondo conocen ser efímero y mediocre.

Sí, tenías que morir. Jerusalén ha oscurecido el Calvario por la Pascua, pero intramuros se encienden con alivio las luces de las casas y se respira el aroma del Cordero sacrificado en el Templo.

El Rosario en Sevilla

LA SEMANA SANTA

Por Pascua, Señor, los cristianos procesionamos tu imagen de Pasión por las calles, en silencio solemne o con acompañamiento de bandas. Y los que te ven se fijan en los detalles de tu policromía, en las flores que pisas, en los candelabros que te alumbran, en el trabajo de los costaleros que te mecen. Algunos rezan, te piden, se emocionan y almacenan esa vivencia en sus recuerdos cofrades. Tus nazarenos viven instantes de una gran sensibilidad espiritual, aunque algunos están pendientes del público, otros de que llegues a tu hora a aquella esquina, a la iglesia, que no se corte la procesión y muchos, Señor, no piensan en nada…. La Semana Santa es nuestra Pascua tranquilizadora mientras Tú, en un Sagrario de Jueves Santo, al atardecer ,apenas te sientes acompañado de unas pocas señoras mayores.

Muchas veces, Señor, tú lo sabes, me he sentido muy solo en las calles, rodeado de gente que veían pasar tu imagen muerta. Lo peor es que esa soledad me nacía muy adentro, era como si mi ser fuera también una imagen de madera sin vida ni horizonte. Me avergüenza decírtelo, pero mi gran tentación como cofrade es buscar una fe fácil, superficial, creer en una imagen que me tranquilice, pero que me deja solo, sin vida ni esperanza.

Y sabes por qué. Me da mucho miedo, es verdad, la soledad, pero lo que de verdad temo, Señor, es el amor. Deseo amar, sentirme querido, pero pronto, como Pedro, mi ánimo se hunde en las aguas sin fondo del compromiso, de la renuncia a mis comodidades, a la melancolía que me adormece y aísla de la alegría de la entrega generosa.

El Rosario en Sevilla

MARÍA, LA MADRE

Tu Calvario, Señor, me da miedo. La muerte parece haber llenado cada átomo de tu cuerpo. Me siento como tus amigos, tristes y escondidos, llorando su cobardía, su profunda debilidad como personas. Quisiera quedarme contigo más allá de la imagen, como tu Madre, serena en sus lágrimas, esperando con ese corazón tan entrañable, que fue sintonía de amor para el tuyo, cuando estuviste en su seno… y ahora ansía seguir escuchando más allá de los sentidos…

Es la Fe en el Amor lo que sostiene su ánimo, lo que otorga a su rostro una belleza muy especial, que inspira admiración y devoto recogimiento. Ella fue nuestra imagen de fe mucho antes de plasmarse en madera, la que concitó muchos sentimientos de compromiso y de amor, la que orientó nuestra vocación cofrade y marcó para siempre nuestras vidas.

Y es Ella la que, hoy y ahora, sostiene mi Fe en ti, una fe difícil, inquieta, asediada por las dudas y el desánimo, como la llama del cirio penitente en el Calvario, la que me ayuda a ver en tus ojos de madera, yertos y sin luz, una esperanza, la misma que Ella cuando le dio su sí más sincero a Dios, un sí de niña ilusionada y contenta, un sí que pronto la convirtió en mujer y madre en un mundo de hombres, que la llevó a momentos de sufrimiento e incomprensiones, pero que nunca le borraron la sonrisa serena, de niña grande, elegida por Dios, llena de gracia y esperanza.

Ella nunca vivió para sí, como todo amor de madre. Un amor generoso, incondicional, lleno de ternura, cálido, acogedor. Como el tuyo, como el de tu Padre, omnipotente y necesitado del amor de los hombres, un amor a menudo desconocido por nosotros mismos, porque el egoísmo lo oscurece y la hipocresía lo convierte en una horrible caricatura. Necesito, Señor, que me mires como a María Magdalena, reconociéndome en el alboroto de palabras nunca dichas, de sentidos siempre por estrenar, en el laberinto de mis pasiones ocultas,… que se vuelvan lágrimas limpias con que llorar, sin importarme los hombres ni sus miradas. Conozco bien esas lágrimas, que han nacido de mi pobre verdad en momentos de angustia y desesperanza, deseando a menudo una compasión como la que sé que me ofreces ahora, otra vez, desde el Calvario de tu amor que parece imposible.

El Rosario en Sevilla

LA ESTACIÓN DE PENITENCIA

Enséñame a mirar yo también a las gentes con tus mismos ojos, que en su dolor sepa ser para ellos pañuelo de ternura, de misericordia y perdón, que en sus pecados me sientan también pecador, pero en un horizonte de esperanza, porque sea capaz de darles con mi pobre amor, algo del tuyo.

Desde mi antifaz, anónimo en la penitencia, veo rostros cansados, hombres y mujeres que dejaron hace mucho tiempo inquietudes y proyectos y en sus almas se presienten arrugas de tristeza. Y veo, Señor, también a los niños a veces mirándome sin ver, sin ese misterio que siempre había visto en sus ojos abiertos, esperando… algo más que un caramelo o un poco de cera. Y mi penitencia se me hace a mí también muy cansada, como si llevara conmigo los deseos insatisfechos de todos ellos.

Pero siento también… y a veces, de qué manera, el silencio, el de los otros penitentes… el mío y el de los que rezan callados desde el anonimato de las gentes que más que ver, viven el paso de la cofradía. Apenas los distingo, porque no me miran. Esperan el paso con los ojos del corazón. No se aburren esperando, ni necesitan hablar… Los he visto con sus hijos…. Con sus padres…

El Rosario en Sevilla

¡ERA EL HIJO DE DIOS!

Yo también rezo sin oraciones aprendidas, que me distraen de mis recuerdos. Son personas, momentos en que, como en un flash, te he sentido muy cerca, caminando conmigo, golpeado por un sayón en San Lorenzo, arrastrando el peso de tu cruz y la mía en la alta madrugada, despojado de todas mis vestiduras de dignidad, crucificado en los Humeros y ya sin vida en el abrazo sin fin de tu Madre María de la Piedad… Y he sabido que eras Tú, como lo comprendió aquel Centurión, que te vio expirar bajo la cruz, iluminado con el último relámpago del Cielo: ¡Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!

Y te descubrió a la hora de tu muerte, cuando ya no se podía esperar nada de ti, cuando esa penitencia de tres años por los caminos de Palestina parecía inútil, sin sentido. Y es que quizás hasta entonces el horror de las injusticias, de la sangre, de los miedos, de esa oscuridad contagiosa… no le habían hecho mirarte cara a cara. Cuando el Cielo te iluminó y sus lágrimas frías despertaron las conciencias, aquel soldado rudo pudo contemplar tu amor, un todavía joven amor de 30 años que, sin embargo, parecía mucho más viejo, como la edad de los pecados de todos y cada uno de los hombres.

En el Calvario de mi penitencia, la vega me trae los escalofríos de tu muerte en la madrugada de cada Viernes Santo. En la penumbra de los cirios, la cruz tan sólo se presiente cuando tu imagen bendita parece rodearla con sus brazos en un gesto de amor que enternece corazones sin nombre, de vivos y difuntos que también hoy quieren volver a crucificarse contigo. Y se siente entonces un frío que hiela los cuerpos. Es el viento de una vega inmensa en su tristeza, pero abierta al misterio del amor, como si recogiese su pena desde todos los confines de un orbe, profundamente desconsolado.

El Rosario en Sevilla

CALVARIO

Muchas tardes de luz he percibido este frío en la soledad del Calvario. Eran hombres y mujeres, todavía muy jóvenes, que se dejaban morir en su corazón enamorado. Sus miradas, borrosas, me deslumbraban, naciendo en mí , por contagio, una ternura que asusta y llena al mismo tiempo. Es la penitencia muy dura de una juventud que se entrega generosa en la búsqueda de una verdad que nadie parece conocer… o mostrar. Y pierden la fe en la vida, aunque estén llenos de amor, la fe en los hombres, que los engañan con evasiones fáciles y eslóganes de consumo…. y la Fe en Dios, al que no ven, no sienten en sus vidas, sus imágenes de madera… y de carne…. Y, sin embargo, van al Calvario en estación de penitencia, sufriendo por amor… más allá de los sentimientos… y no vuelven defraudados…

Hoy tus hermanos te han bajado del altar para estar más cerca de la gente, para recibir sus besos de devoción. Hoy se hace más evidente el Misterio eterno de tu encarnación, pero sobre todo de tu entrega generosa en la cruz del Calvario. Impresiona verte sumido en la nada de la muerte, despojado de tu dignidad de hombre y Dios y rodeado tan sólo de tu familia y algunos amigos. Los cofrades, los vecinos, te besarán los pies y murmurarán una oración. Luego se irán a sus casas. Como entonces. Nadie, ni tu Madre, puede hacer más por ti. Sólo rezar y morir por dentro. Hay que seguir y deprisa, porque se acerca la Pascua y nadie puede estar a la caída de la tarde fuera de sus casas. Es la ley de la religión.

Como en un vía crucis, te llevaron a sepultar en un improvisado cortejo que luego los cristianos hemos solemnizado hasta el absurdo. Envuelto en el sudario, en medio de un diluvio de agua y lágrimas, eras la figura perfecta del Siervo Sufriente de Dios, del Cordero que vino a morir en el altar de los sacrificios. Pero nadie podía rezar, porque las palabras no podían salir, porque ya todo parecía estar dicho… y escrito.

El Rosario en Sevilla

LA IGLESIA

En aquel silencio de dolor, desde la Cruz, encomendaste a tu Madre y a tu amigo Juan tu Iglesia fiel, la pobre comunidad que apenas estaba comenzando a caminar y parecía disuelta. En la pobre fe de tus pocos discípulos se plantó la semilla de una Iglesia que debe vivir para ser relámpago de tu Amor en el mundo, calor en la tibieza agradable del mal y Esperanza frente a los profetas del relativismo más descarnado.

El Rosario en Sevilla

PASCUA

Se ha difuminado ya el olor del incienso. Los cirios no alumbran ya tu cuerpo. Quiero, Señor, permanecer contigo, en vigilia, hasta la alborada del nuevo día, velarte mientras el mundo duerme, ser como los antiguos auroras de nuestro pueblo que se levantaban de madrugada para preparar el Rosario y despertar las calles con el nombre de tu Madre en los labios y que, luego, cuando la aurora se adivinaba en la vega, se reunían ante tu altar para recordar tu Sacrificio de Amor.

Entonces, Señor, acudiré al Calvario, dejaré tu imagen muerta en la soledad de la capilla y te buscaré en las brumas de luz de la vega. Preguntaré a los hombres por ti. Me tomarán por loco, me señalarán tu entierro en la capilla. Quizás me pierda en los vericuetos de mis calles solitarias, pero buscaré en las esquinas de mi alma los retazos de mi amor perdido, de la fe que me inquieta, de la esperanza tibia de mis atardeceres… Pero sé, Señor, que en esa mañana de Pascua, cuando las campanas de Manolo, muy temprano, toquen a Gloria, escucharé desde la vega el eco de mi nombre, mi verdadero nombre, por el que sólo me llaman quienes de verdad me conocen, me quieren y te veré conmigo, como ahora, pero diferente, muy dentro de mí, en mi amor dormido por la muerte en que te creía, en el de mis amigos y enemigos, a quienes ahora sé que me envías en la Pascua difícil , comprometida, pero ilusionante de todos los días.

Carlos José Romero Mensaque

Cuaresma de 2004

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© El Rosario en Sevilla 2004. - Carlos J. Romero Mensaque