Volver al menú de Artículos de InvestigaciónArtículos de Investigación


Religiosidad Popular e Integración Pastoral. El Rosario de San Gil en el Siglo XVIII.eligiosidad Popular e Integración Pastoral. El Rosario de San Gil en el Siglo XVIII.

1.- Los orígenes.

2.- La primera mitad de siglo.

3.- La segunda mitad de siglo.

4.- Epílogo.

El Rosario en Sevilla

En la época de elaboración de mi tesis doctoral sobre la religiosidad popular rosariana en la ciudad de Sevilla, tuve que asumir con resignación la imposibilidad de acceder a determinadas fuentes documentales por muy diversas circunstancias insuperables. Con el tiempo, he tenido la oportunidad de consultar algunos de aquellos documentos y conseguir de esta manera completar y refrendar completamente algunas hipótesis enunciadas entonces.

Singularmente importante en este sentido ha sido la gentileza del Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Hermandad de la Esperanza Macarena en concederme recientemente la licencia oportuna para acceder a la documentación existente sobre la Hermandad de Nuestra Señora del Rosario durante la época anterior a su fusión con la corporación penitencial, es decir, el siglo XVIII. En mi Tesis Doctoral apenas pude referirme a esta importante hermandad salvo por los datos de los analistas clásicos y del estudio inédito de Hernández Parrales .

Hace pocos años se ha publicado una obra monumental sobre la Hermandad de la Esperanza Macarena, en la que figura un estudio histórico muy documentado a cargo de Hilario Arenas, que recoge entre sus capítulos una interesante síntesis sobre la Hermandad del Rosario desde su fundación hasta la unificación con la cofradía de la Esperanza . En el presente artículo, me voy a centrar en diversos aspectos institucionales de la corporación relacionados con el campo de mis investigaciones sobre la religiosidad popular rosariana, omitiendo algunos datos ciertamente de interés en la historia de esta corporación pues la citada monografía los abarca suficientemente.

La Hermandad del Rosario de San Gil representa todo un paradigma de la devoción popular del Rosario inserta en el ámbito parroquial, aunque con una amplia autonomía. Entre sus cofrades aparecen presbíteros y personajes de alta posición social junto a los vecinos de una feligresía de muy escasos recursos. Su trayectoria histórica en el siglo XVIII proporciona interesantes elementos de juicio para el análisis de la religiosidad de la Sevilla de la Ilustración.

Antes de iniciar el análisis histórico, hay que indicar que las fuentes documentales conservadas en el bien ordenado archivo de la hermandad macarena, resultan insuficientes para trazar una visión totalmente fidedigna sobre el acontecer de la Hermandad del Rosario en el siglo XVIII. Sin duda, los documentos más importantes son un libro de actas que da comienzo en 1728 y enlaza con la época de la agregación de la corporación penitencial y dos libros de hermanos de 1732 y 1756. Junto a ellos existen libros de averiguaciones para los sufragios y otros de diversos patronatos . Pero faltan los de mayordomía y asimismo todo lo relacionado con los trámites oficiales para la aprobación de Reglas ante el Consejo de Castilla en 1790 y los de agregación de la Hermandad de la Esperanza.

El Rosario en Sevilla

Ir al inicio de esta página1.- Los orígenes

En el estado actual de nuestros conocimientos, todo parece indicar que, tras las predicaciones misionales de los religiosos jesuitas y, sobretodo, del fraile dominico Pedro de Santa María de Ulloa en el último tercio del siglo XVII, se acrecentó notablemente en su carácter popular y público la devoción del Santo Rosario, hasta entonces bastante circunscrita a las cofradías dominicas y con un carácter interno, llegando a convertirse en el fenómeno más significativo de la religiosidad cotidiana en la Sevilla del Barroco y la Ilustración. En este espectacular desarrollo fue decisivo el uso de los Rosarios públicos, que se constituyen formalmente a finales de siglo y alcanzan su apogeo durante la siguiente centuria.

La parroquia de San Gil fue de las primeras que se sumó a esta iniciativa y el 16 de octubre de 1690 salieron clero y feligreses a recorrer las calles de los alrededores rezando los Misterios del Rosario. Poco a poco esta devoción se fue institucionalizando entre los vecinos erigiéndose una congregación con licencia del clero parroquial, que, al parecer, apoyó decididamente esta empresa a fin de alentar y preservar la devoción. Los primeros datos sobre esta congregación se remontan al año 1702, en el que ya se registran entradas de hermanos. Arenas da la fecha de 1704 y suministra los nombres de los cofrades fundadores.

No obstante, hay que indicar que ni en los primeros momentos ni durante todo el siglo XVIII se planteó la iniciativa de solicitar la aprobación canónica del Ordinario Diocesano, por lo que su régimen jurídico no fue propiamente de Hermandad sino de congregación parroquial. Esto infiere un fuerte arraigo en la parroquia y un alto índice de identidad de fieles y clero. De hecho, entre los cofrades figuran un buen número de eclesiásticos en los cargos principales y el cura más antiguo de San Gil fue siempre un elemento clave en la trayectoria vital de la Hermandad. Puede decirse que la parroquia asumió plenamente la devoción rosariana y la congregación dentro de su plan pastoral, incluyendo la idiosincrasia popular de su religiosidad, sus formas y su estética genuina.

Aunque no gozaba de status jurídico de hermandad, sí contó desde los primeros momentos con la licencia del Prior de la Comunidad Dominica de San Pablo para erigirse como asociación rosariana, agregándose a la Primitiva Cofradía del Rosario de Sevilla para disfrute de todas las gracias y prerrogativas espirituales de aquélla, y, en general, de todas las cofradías del Rosario. Por esta razón, periódicamente, la hermandad acudía al convento de San Pablo con su libro de hermanos para que el Prior agregase a los nuevos integrantes como cofrades. Resulta significativa esta vinculación permanente con la Orden de Predicadores incluso cuando esta había perdido en la práctica el control de la religiosidad rosariana y de sus hermandades diocesanas.

Igualmente se regía por unas reglas o estatutos, mas no eran propios, sino que decidieron adoptar los de la Hermandad del Rosario de Santa Catalina, aprobados en 1710, quizá por existir alguna vinculación entre ellas o sus parroquias o bien simplemente por afinidad de institutos ya que, en los primeros momentos, la parroquia de Santa Catalina tuvo el control de la nueva corporación, aunque, posteriormente, no supo asumir -a diferencia de la de San Gil- los caracteres específicamente populares de la religiosidad cofrade rosariana y provocó la ruptura .

Al igual que la hermandad de Santa Catalina, junto con el uso primordial del Rosario público existía una devoción importante a una imagen de la Virgen del Rosario radicada en la parroquia y titular de la corporación. De esta manera se unían indisolublemente ambos institutos, cuestión generalizada en las hermandades parroquiales del Rosario, que así integraban el uso público callejero y la devoción en un culto permanente y dentro del ámbito sagrado del templo, con lo que se ejercía un más efectivo control de la religiosidad.

El Rosario en Sevilla

Ir al inicio de esta página2.- La primera mitad de siglo

El hecho de que el libro oficial de actas se abra en septiembre de 1728 y que el primer acuerdo de importancia se refiera al estreno del Simpecado indica claramente que es ahora cuando se consolida formalmente la naciente congregación y se institucionaliza la procesión del Rosario de prima noche con una personalidad propia que simboliza el Simpecado . Se crea una primera estructura de gobierno en la que aparece como Mayordomo Pedro Ortiz Fuentes. Figura un Hermano Mayor, pero es el Mayordomo el que ejerce el efectivo control del gobierno y administración de la Hermandad, organizando los medios básicos para el mantenimiento económico de su instituto cultual y rosariano en base a la recolección de limosnas y demandas públicas, amén de las averiguaciones de los cofrades.

Durante toda esta primera mitad de siglo, el citado Pedro Ortiz ejerció la mayordomía con un predominio absoluto y contando con el beneplácito de los cofrades que reconocían su labor y le otorgaban amplia autonomía. En un principio incluso no presentaba a aprobación las cuentas anuales, cuestión que ya se regularizó en 1733 dentro del mismo cabildo de elecciones y posteriormente, ya en 1749 se llevan a cabo claverías mensuales. El cargo de Hermano Mayor suponía un cierto reconocimiento honorífico y un patrocinio económico o moral según la persona que lo ocupara. Así fueron hermanos mayores, por ejemplo, el Marqués de la Rosa, Caballero de Santiago y de la Cruz Roja, Francisco Hipólito Ortiz y Fuentes, cura más antiguo de San Gil o, sobretodo, Cristóbal de Moncada y Lucena, que durante muchos años otorgó copiosos donativos a la Hermandad .

La junta de gobierno era elegida anualmente y se componía además de estos cargos de Dos Alcaldes (Antiguo y Moderno), Fiscal, Prioste y Secretario, aparte de los diputados de Rosario, los denominados de Campanillas que controlaban las demandas en distintos puntos del barrio y en la parroquia y los diputados de alba que coordinaban las misas celebradas a primera hora de la mañana. Sólo se convocaban ordinariamente dos cabildos en el año, el de Elecciones en la festividad de Epifanía y de Preparación de los Cultos Anuales, que tenía lugar en septiembre, aunque este último deja de celebrarse de manera permanente en 1734. En esta época, sólo se registran los cabildos generales, aunque debieron existir juntas de Oficiales, al menos para el escrutinio, es decir, para la confección de la candidatura que la junta de gobierno saliente presentaba a los hermanos en el Cabildo de Elecciones y que normalmente era aceptada por los cofrades. Si esto no fuera así en uno o más cargos, se votaba con bolillas blancas y negras y resultaba electo el ganador. Primero se elegía al Mayordomo, quien era el encargado de presentar la candidatura por razones obvias.

Queda dicho que la Hermandad se rigió durante este siglo por los estatutos del Rosario de Santa Catalina. En 1732, no obstante, se registra un acuerdo de aprobación de unas reglas que había confeccionado el Mayordomo, no haciéndose mención a que pertenecieran a la citada hermandad. De hecho, el dato de que la hermandad se rigiese por aquel estatuto de Santa Catalina es de finales de siglo en ocasión de presentar nuevas Reglas ante el Consejo de Castilla .

Aunque el instituto primordial y ordinario lo constituyera el Rosario público, la Hermandad dedicaba singular atención y la mayor parte de sus ingresos a las Fiestas Anuales en honor de la Titular que tenían efecto en los últimos días de octubre y primeros de noviembre y que se insertaban en un amplio esquema cultual que principiaba el Jubileo Circular en honor del Santísimo Sacramento, continuaba el Solemne Novenario a la Virgen y culminaba las Solemnes Honras por los hermanos difuntos. En las actas se hace especial hincapié en que estos actos resulten con la mayor brillantez y aparato posible, si bien se deja a la discreción del Mayordomo la organización de los mismos según los fondos de la Hermandad, aunque era usual que adelantara algo de su peculio. De hecho constituía casi obligación elegir como Mayordomo a una persona con posibles y dispuesta a ofrecerlos con mayor o menor interés a la Hermandad, lo que a su vez conllevaba un predominio indudable en su gobierno. También se registran casos en el que son determinados devotos quienes costean parte de estos cultos solemnes.

La procesión del Rosario se realizaba ordinariamente a diario tras el toque de Oración y durante esta primera mitad de siglo se mantuvo constante el uso, eligiéndose anualmente unos diputados para su gobierno. El Rosario gozaba de amplia autonomía en la congregación y todo hace pensar que se autofinanciaba.

Al no existir datos de claverías, es difícil establecer una aseveración exacta, pero es de suponer que, al igual que otras hermandades rosarianas, junto a las solemnes honras fúnebres en sufragio de los hermanos difuntos, el Rosario organizara una Novena de calle y asimismo consta otra Novena de iglesia.

Igualmente la Hermandad tenía acordado una asistencia al cofrade que falleciese que se componía de cuatro acompañados (a los oficiales, seis) en su entierro y si no pudiese ni siquiera costeárselo, se le entregarían quince reales, importe de los acompañados. Todas estas prestaciones requerían encontrarse al corriente en sus cuotas o averiguaciones.

Junto a estos institutos principales, la Hermandad celebraba a diario misa de alba, sufragada por medio de demandas de limosnas, lo que indica una procesión rosariana de madrugada o aurora, probablemente junto a la de prima noche.

El patrimonio de la Hermandad se fue incrementando progresivamente. Ya se ha dado noticias del Simpecado para el Rosario, a lo que hay que añadir para la misma procesión un pendón o estandarte, del que no se dan más detalles. Igualmente se construyó un retablo para el Simpecado en la iglesia. En lo que se refiere a la imagen de la Virgen, se registran datos de adquisición de un sol de plata o del arreglo del retablo en que se veneraba, aunque lo más interesante es su traslado, tras un intento anterior , al retablo mayor de la parroquia en 1744, ocupando el camarín central y desplazando al ático al titular del templo, San Gil .

La iniciativa, que en un primer intento fue promovida por la Hermandad en 1740, era beneficiosa para ambas entidades por cuanto la Hermandad se comprometía a efectuar unas obras de restauración que eran absolutamente necesarias para la estabilidad del retablo mayor y que la parroquia no podía afrontar y, por otro lado, el culto a la Virgen alcanzaba una preeminencia en la parroquia, lo que en verdad se correspondía a la realidad, resultando el retablo en que se hallaba muy desproporcionado a la gran devoción que suscitaba la imagen, además de encontrarse bastante deteriorado. Sin embargo, esta primera iniciativa de la Hermandad no prosperó.

Hubo que esperar cuatro años más para que se produjese el acuerdo. Lo más significativo es que ahora la iniciativa proviene del clero de la parroquia en razón a la gran devoción que la Virgen había adquirido entre la feligresía. La Hermandad está conforme con el traslado, pero impone la condición de que se le den las pertinentes seguridades de perpetuidad, uso y dominio, aunque estaría siempre disponible para las funciones y cultos parroquiales y de la hermandad sacramental. Junto a las obras necesarias en el retablo para adaptarlo al nuevo culto, la Hermandad concierta con el escultor José de la Barrera la hechura de dos retablos colaterales en el que se situarían el Simpecado y una imagen de San José, propiedad de la Hermandad.

El Rosario en Sevilla

Ir al inicio de esta página3.- La segunda mitad de siglo

Tras un cabildo general celebrado en septiembre de 1749 para preparar los cultos anuales, las actas se interrumpen hasta enero de 1756 sin que medie explicación alguna. Hernández Parrales achaca esta interrupción de los cabildos a ciertas desavenencias con la parroquia. Lo cierto es que la actividad ordinaria aunque no se paraliza totalmente, sí atraviesa una gran precariedad detectable en que apenas se constatan entradas de hermanos . Los cultos y el Rosario debieron también resentirse.

En esta nueva etapa, se registra ya al comienzo una cierta ruptura con lo anterior, al resultar electo un nuevo Mayordomo, Andrés Escribano, triunfando en las votaciones sobre Pedro Ortiz, que era el candidato oficial y que desde entonces se desentiende de la hermandad, no acudiendo siquiera a los cultos . El Hermano Mayor se reafirma en su cargo con el reconocimiento unánime de todos los cofrades. Se asiste a un replanteamiento estructural de la corporación tanto en su gobierno como en el instituto. Se registra un número importante de nuevas altas en el libro de hermanos que ahora se abre .

En este mismo año de 1756 se convocan nada menos que cuatro cabildos generales, muy densos, en los que prácticamente se diseñan los nuevos objetivos de la corporación centrados en un realce cultual a la Virgen del Rosario con la Procesión anual, incremento de las fuentes de financiación ordinaria, creación de un sistema de asistencia para los entierros de los hermanos mucho más organizado que el anterior y revitalización del Rosario de noche y potenciación del de Madrugada en las vísperas de la festividad de la Virgen. Todo ello va a generar un mayor arraigo de la devoción entre la feligresía y con él diversas dotaciones testamentarias que consolidan totalmente el instituto de la Hermandad.

Como queda dicho, Andrés Escribano va a marcar una nueva trayectoria en la Hermandad, permaneciendo en el cargo hasta su fallecimiento en 1782, y esto aun a pesar suyo, pues sistemáticamente solicitaba cada año su relevo aduciendo falta de tiempo y de méritos, pero incluso en las épocas de crisis económica los cofrades le otorgaban su confianza ilimitada. Debió gozar de indudable carisma entre los cofrades y su gestión en conjunto aparece como muy positiva. Como hermanos mayores figuran Pedro Pumarejo y Piedra y posteriormente el presbítero Manuel Espejo con quien el cargo parece tener una mayor efectividad.

Los cargos se mantienen los mismos e igualmente existe una estabilidad de las personas que los ocupan, no registrándose relevos de importancia y tampoco grandes discrepancias de los hermanos respectos del escrutinio realizado por la junta saliente. La frecuencia de los cabildos generales sigue la tónica anterior de uno anual, el de elecciones.

La economía de la hermandad sigue basándose en las limosnas recaudadas en la feligresía a través de las demandas del Rosario, de los campanilleros, los cepillos y las cuotas de los cofrades. Las principales demandas correspondían a los campanilleros que se distribuían en diversas estaciones fijas como la Macarena, Alameda, parroquia... Todos los años se nombraban diputados y auxiliares que por las mañanas salían para recoger limosnas invocando el nombre de la Virgen, creándose turnos mensuales. En los años 60 y posteriormente en los 80 se registra un apreciable descenso de las limosnas, del que poco a poco se recupera.

Junto a estas fuentes ordinarias, la Hermandad va consolidar su economía merced a la obtención de diversas dotaciones testamentarias a partir de 1756, siendo al final de este período tres los patronatos que administraba .

Las fiestas de la Virgen se siguen celebrando con el mismo orden y solemnidad que antes. Había funciones matutinas y vespertinas según las limosnas, contratándose a una capilla musical que actuaba en la Novena y en la procesión del último día de Jubileo.

Los cultos anuales ordinarios a la Virgen se realzan en 1783 con una solemnísima Procesión por las calles de los alrededores. Aunque es un acto ocasional, supone ya un nuevo concepto de la devoción rosariana que se consolidará a partir de 1839 y, sobretodo, 1840 en que se celebrará de manera regular todos los años, adquiriéndose para ello un Paso. Esta Procesión coincide con la desaparición del Rosario público, adquiriendo la imagen de la Virgen la dimensión procesional de aquel. Sobre esta primera salida, suministra algunos datos el libro de actas. Así se conoce que tuvo efecto en la festividad de Todos los Santos a las tres de las tardes, después de la adoración al Santísimo Sacramento. De su itinerario se dice que pasó por la calle del Pozo, hizo estación al convento de San Basilio que la recibió con toda la comunidad y la efigie del santo titular, pasó por delante de Omnium Sanctorum, que no pudo repicar sus campanas por encontrarse allí el Jubileo; posteriormente siguió la calle Ancha e hizo estación a la Cruz de Caravaca, muy adornada por sus cofrades. Llegó después al Colegio de Monte Sion, donde fue recibida por la comunidad dominica. De allí se dirigió a San Marcos, cuyo porche fue riquísimamente adornado con colgaduras y se instaló un altar con una Virgen (seguramente la del Rosario). En Santa Marina la recibió el clero y los hermanos de la Divina Pastora, cuya imagen sacaron para el recibimiento, teniendo lugar un concierto. Después se dirigió a los Cuatro Cantillos donde se había instalado un altar con la Inmaculada. Finalmente la Virgen se dirigió a la Macarena por la calzada del hospital, donde la esperaban muchas personas con hachas encendidas que la acompañaron hasta la parroquia.

Esta magna procesión supuso un notable hito en la vida de la ciudad, que sin duda acrecentó la devoción a la Virgen, pero a la vez fue fruto de un inmenso trabajo de preparación y coordinación previa a fin de concertar adecuadamente el recibimiento de todos los lugares a donde hizo estación. Se requería una buena estructura consolidada para llevar a efecto un acto como este.

Posteriormente en 1785 volvió a salir procesionalmente la imagen de la Virgen en ocasión de las fiestas de beatificación del capuchino Lorenzo de Brindisi organizadas por la Comunidad de Sevilla y para las que fue especialmente invitada la Hermandad. Esta procesión tuvo efecto el 14 de noviembre, pero en esta ocasión fue acompañada del Rosario y tuvo más bien el carácter de un traslado al convento vecino de los Capuchinos .

El Rosario sigue celebrando sus estaciones con algunas intermitencias en su modalidad de procesión de prima noche. En su cortejo figuraban músicos y un cantor que se contrataban. Ya en el último tercio de siglo, los rosarios comienzan a perder su primitivo vigor y el concurso de personas es menor. En la hermandad que nos ocupa, en 1776 se produce ya una primera crisis de importancia que obliga a suprimir los cargos de diputados del Rosario, ya que nadie quería hacerse cargo . De esta manera desaparece la autonomía de que gozaba la procesión que formaba una auténtica congregación autónoma y asumiendo la junta de gobierno el control directo.

Se constata la existencia de una procesión de Rosario de madrugada de Gala en las fiestas anuales de la Virgen. Concretamente en 1783 salió en las vísperas de la procesión extraordinaria de la Virgen.

Igualmente sigue celebrándose la Novena de Animas en el mes de noviembre con el Rosario. También se da la práctica habitual del novenario de responsos al hermano que fallece, acudiendo la procesión al domicilio del finado.

Precisamente una de las grandes reformas que tienen lugar en esta segunda mitad de siglo se centra en la asistencia a los hermanos difuntos, sufragándoles los gastos del entierro comprendiendo los acompañados y las misas de sufragio. Para ello, se modifican las limosnas de entrada y se establece una contribución mínima de dos cuartos semanales más una demanda anual para todos los hermanos que quieran disfrutar a su muerte o a la de sus familiares cercanos de un entierro costeado por la Hermandad. De esta manera, la corporación adquiere instituto de hermandad de enterramiento. La iniciativa era muy necesaria en una feligresía extremadamente pobre. No obstante las facilidades que la hermandad otorga para el pago de las cuotas, gran número de cofrades se retrasan en el pago o simplemente no lo abonan, por lo que la junta de gobierno ha de verse en la obligación de denegarles el costo de su entierro, lo que resulta muy desagradable y durante años se trata de dilatar las decisiones. poco a poco, este uso se hace extremadamente gravoso y existen ocasiones en que, por carecer de recursos, se está a punto de no poder atender a cofrades fallecidos al corriente de pago. No obstante, a pesar de todo, la hermandad procura que ningún hermano se vea privado de un entierro digno e incluso se ocupa de los vecinos más pobres de la feligresía. En 1836 se ha de suprimir este uso por la enorme deuda acumulada y el desinterés generalizado de los cofrades.

Respecto al patrimonio, éste se ve incrementado con las dotaciones testamentarias que hacen a la hermandad propietaria de tres casas a finales de siglo.

El Rosario en Sevilla

Ir al inicio de esta página4.- Epílogo.

En enero de 1790 la Hermandad, reunida en cabildo general y con la presencia de un representante de la Real Audiencia, tuvo conocimiento oficial de la disposición del Consejo de Castilla por la que quedaban extinguidas todas aquellas hermandades y cofradías que no contasen con la aprobación del ordinario civil. Por esta razón, al no contar esta Hermandad con más regla que la antigua del Rosario de Santa Catalina y no depender de jurisdicción alguna salvo en lo espiritual de la Orden de Predicadores, la corporación no podía usar del nombre de Hermandad ni celebrar actos como tal hasta que no obtuviera la pertinente aprobación de Reglas por el citado Consejo de Castilla.

La Real Orden que ahora se ejecuta formalmente databa de 1783. La convocatoria de este cabildo había motivado ya la preparación de unos estatutos que el propio Hermano Mayor presenta para su urgente aprobación por los hermanos a fin de agilizar al máximo los trámites, lo que se lleva a efecto con algunas adiciones y con el beneplácito del representante de la Audiencia. Así comienza todo un proceso legal que culminará con la aprobación de estas Reglas y la agregación de la cofradía penitencial de la Sentencia de Cristo y Nuestra Señora de la Esperanza, que necesitaba de esta medida para poder subsistir legalmente. Tras unos intentos posteriores de separación debido a que el predominio rosariano parecía perjudicar a la entidad penitencial, ambas corporaciones continuaron unidas hasta la actualidad .

Durante la primera mitad de este siglo XIX, el instituto de la Hermandad del Rosario experimenta ya una lenta evolución hacia formas más acordes a un nuevo esquema de religiosidad común al resto de las corporaciones de Gloria.

El Rosario experimenta diversas vicisitudes dentro de una evidente carrera decreciente. Especialmente importante fue la procesión misional con motivo de la terrible pestilencia de 1800, que tuvo una seria incidencia entre los cofrades. Tras una breve revitalización en torno a 1827 en que se constatan partidas de novenas de noche y de madrugada, la procesión viene a declinar definitivamente en torno a 1834 coincidiendo con la celebración ordinaria de la Procesión de la Virgen, aunque sus salidas se van espaciando y tiende a hacerla sólo de manera extraordinaria.

Respecto a los cultos en honor de la Virgen se constata un Triduo y Jubileo en lugar del Novenario a partir de 1841 y la ya comentada Procesión que tenía efecto en junio con un claro matiz sacramental, acompañada la imagen de la Custodia parroquial y con un numeroso cortejo en que figuran sacerdotes, acólitos, niños de la Doctrina y músicos. El instituto procesional marca una etapa floreciente en la corporación que emplea sumas cuantiosas en adquirir un Paso "ad hoc" y muy diversas prendas bordadas para la Virgen. Junto a estos cultos, se celebran regularmente las misas de alba, mes de María, diversas celebraciones en Navidad y Pascua y también se registran sendos septenarios a San José, prueba ineludible de una creciente devoción a esta imagen propiedad de la Hermandad.

La vida económica se basa en las fuentes tradicionales de las demandas de campanillas repartidas por todo el barrio, pero su patrimonio fue acrecentándose sobretodo respecto al culto a su imagen titular tal y como se refleja en un Inventario redactado en 1844.

En este Inventario caben destacar dos retablos, uno, dorado, en el que se veneraba a la Virgen, situándose en los laterales las imágenes de San Francisco y Santo Domingo; el otro estaba dedicado a San José. Este dato parece indicarnos que en esta época la imagen de la Virgen no se hallaba en el retablo mayor de la parroquia. Es importante reseñar el impresionante ajuar de la imagen de la Virgen entre vestidos y mantos así como sus atributos de orfebrería. También se destaca la referencia a dos pasos, uno nuevo de la Virgen con las parihuelas pintadas en blanco, una peana y doce jarras doradas y la cubierta de pino de flandes y compuesta de seis hojas. El otro, al parecer, era para procesionar al San José.

Respecto al instituto rosariano, figura un Simpecado de Gala de terciopelo verde con los quince Misterios bordados en oro. Igualmente se detallan dos cruces, una dorada para el Rosario de Gala y otra, jaspeada con ribetes dorados para la procesión diaria.

Con este breve epílogo, quiero concluir el presente artículo que ha tratado de reflejar las claves primordiales del acontecer histórico de esta Hermandad, una de las más significativas por su influjo devocional y su patrimonio de entre las corporaciones gloriosas de la Sevilla del XVIII.

 Carlos José Romero Mensaque

El presente artículo, salvo algunas adiciones nuevas, fue publicado el año 1993 en el número 4 de la Revista de Humanidades del Centro Asociado de Sevilla de la UNED.

Pulse para imprimir el Articulo

Ir al inicio de esta página

 

© El Rosario en Sevilla 2004. - Carlos J. Romero Mensaque