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La Religiosidad marginal en Sevilla durante los siglos XVII y  XVIII.a Religiosidad marginal en Sevilla durante los siglos XVII y XVIII.

 

Introducción

En la Sevilla del Barroco, la religión supone un ámbito de difícil delimitación tanto en el aspecto físico como mental. Consustancial a la propia concepción de la vida, lo sagrado se hace inmanente realidad en la geografía de una ciudad y entre las bases de la población se va creando una estructura permanente que va más allá de efervescencias sentimentales inducidas desde instancias jerárquicas a través de misiones populares. La fe popular asume devociones, prácticas y ejercicios que mueven los ánimos hacia una comunicación con la Trascendencia, sobre todo en momentos de especial dificultad como ocurrió a raíz de la Peste de 1649 en que más de la mitad de la población pereció en medio de una general consternación.

Siempre que me refiero a este episodio terrible en la vida de la ciudad, clave para la configuración de su religiosidad, no puedo menos que constatar el miedo a la muerte, la necesidad de una profunda conversión por los presumibles pecados que se habrían cometido que se detectan en las gentes que asistían regularmente a las Misiones. No tendría sentido, si no, un castigo de Dios de estas magnitudes en la mentalidad de un pueblo que hubo de sufrir en silencio la tragedia sin más esperanza ni asidero que la propia religión que, desde las misiones populares, le llamaba a una sincera conversión de vida en la certeza de una Salvación liberadora de la propia muerte. Recientemente he estudiado algunas de estas misiones y comprobado una metodología catequética eminentemente penitencial, pues se desarrollaban en Cuaresma y buscaba ante todo la creación de un clima sensible a la toma de conciencia de pecado y a la necesidad de una sincera Conversión para alcanzar el perdón de Dios. Puede imaginarse el lector lo que esto significa en Sevilla en la segunda mitad del siglo XVII: se estaba reproduciendo consciente o inconscientemente el clima emocional de la Pestilencia...

Por ello, no me cabe duda que las características de lo que va a ser la religiosidad popular de la Sevilla del Barroco queda profundamente marcada por este acontecimiento y las misiones populares promovidas desde la jerarquía. Tanta conmoción creaban entre el pueblo que, incluso las compañías de comedias que actuaban tras la Semana Santa en la ciudad y suponían una tibia alegría a la población, fueron suspendidas en no pocas ocasiones a requerimientos de los predicadores y con la anuencia de las autoridades civiles...a fin de no quebrar los pretendidos frutos de las Misiones.

Pero la Peste no fue el único motivo de sufrimiento de la ciudad en esta centuria. Malas cosechas que tuvieron efecto con demasiada frecuencia provocaron el desabastecimiento de alimentos y la consiguiente crisis entre los sectores más desfavorecidos. Los propias Misiones se hicieron por una vez sensibles a esta tristeza que invadía a la ciudad y en vez de los esquemas habituales de predicación, trataron de animar a las gentes con mensajes de esperanza, insistiendo mucho más en el perdón y la benevolencia de un Dios Padre que en un Todopoderoso castigador. Fue, sin duda, un alivio.

No obstante, y afortunadamente, el pueblo de Sevilla, que asume esta tutela eclesiástica en la conformación de su fe y en la práctica sacramental, podría decirse que diseña una religiosidad que va más allá de lo formalmente eclesial y crea una estructura permanente más espontánea y dinámica que nace de una sensibilidad enraizada en la cotidianidad de una vida en la que se siente cercano, casi vecino, al propio Dios. Es sintomático que los propios predicadores acepten resignados la celebración de las procesiones de Semana Santa y reconozcan que la población se vuelca con sus cofradías...a pesar de sus contradicciones e informalidades...creando un clima tan distinto al de las misiones...donde todo estaba estudiado...incluso los sentimientos de las gentes...

Esta religiosidad popular, que crea ámbitos propios de expresión sensible de su fe, consolida en la segunda mitad del siglo XVII y primera de la centuria siguiente todo un proceso de asunción por parte de los que podríamos denominar "gente poco importante" de un protagonismo efectivo en su relación con lo sagrado. Ciertamente esta religiosidad del Barroco admite la mediación e incluso la tutela jerárquica de la Iglesia, pero quienes la viven de una manera más activa constituyen ya de por sÍ, aunque la terminología formal no lo reconozca conceptualmente, una realidad de comunidad eclesial.

El Rosario en Sevilla

La marginalidad de la religiosidad popular

En este sentido, la religiosidad popular nace ya en la Plena Edad Media como un fenómeno marginal de la Iglesia, extralitúrgico, muy sencillo en sus formas, pero de honda sensibilidad física y sentimental, que es promovido por las Órdenes Mendicantes como un medio de integrar a las masas populares en la Iglesia, aunque no de una manera activa, sino secundaria y pasiva: se trata de acercar los Misterios básicos de la fe a través de mediaciones sensibles, imágenes, usos devotos como Vía Crucis, Rosario...en los que realmente se puede llegar a "tocar" a Dios. Pero lo que comienza siendo un medio, se va convirtiendo en un fin en sÍ mismo y ello a causa de la propia Iglesia que desde el estamento clerical no juzga necesaria una integración activa del pueblo en la eucaristía, centro vital de la comunidad cristiana y también debido a que este pueblo, ante la sencillez y cercanía sensible al Misterio de Cristo de estas prácticas -en contraste con la incomprensible liturgia eclesial- llega a absolutizarlas como medio seguro para la santificación de vida y de salvación eterna.

La religiosidad popular tiene un sentido de marginalidad innegable, pero no sólo conceptual. A lo largo de esta ponencia se podrá observar como este carácter se manifiesta en unas actitudes y comportamientos que generan incomprensión y a veces intolerancia por parte de la jerarquía eclesiástica, pero tambiÉn de los propios representantes de esta religiosidad. Pero también en una concreción física ya que se comprobará como muchos de los elementos y fenómenos de la religiosidad se desarrollan fuera de los ámbitos formalmente eclesiales como las parroquias o los conventos. Así pues, es una marginalidad que crea su propia estructura, que genera un asociacionismo a través de la s hermandades, aunque formalmente la inmensa mayoría están sujetas a la jerarquía eclesiástica...e incluso desarrollan una cierta pastoral de frontera al erigir capillas donde celebrar la eucaristía y celebrar sufragios y acompañar los entierros de los cofrades difuntos e incluso los pobres de la feligresía que no se los podían costear.

a) Las estaciones de penitencia

La religiosidad popular se va consolidando como expresión pública y privada del pueblo, tolerada y tutelada por la jerarquía, pero es durante el Barroco cuando en Sevilla adquiere auténtica carta de naturaleza. Resulta bien significativo el auge de las prácticas de penitencia pública en los años finales del siglo XVI y la proliferación de congregaciones y hermandades surgidas espontáneamente entre los vecinos de las feligresías. Esta espontaneidad rebasaba el control eclesial y hubieron de dictarse por la jerarquía precisas normas para encauzar estas manifestaciones, destacando entre ellas la obligatoriedad de que estas corporaciones surgidas desde los propios fieles formaran unas Reglas o estatutos que habían de ser necesariamente presentados ante el Ordinario eclesiástico para su aprobación, sin cuyo requisito no se le permitiría su existencia ni mucho menos la realización de su instituto principal: la estación de penitencia. Igualmente se establece que estas procesiones penitenciales han de verificar obligatoriamente estación en la Catedral las de Sevilla y en Santa Ana las de Triana. Anteriormente estas estaciones se realizaban a las iglesias de la propia feligresía o relativamente próxima a su sede, pero sin ninguna normativa específica.

Pero la auténtica consolidación de esta religiosidad popular penitencial se llevará a efecto en el siglo XVII con todo un progresivo proceso de diferenciación y "personalización" de estas cofradías en torno a los pasos de Misterio y sus imágenes titulares, donde el arte procesional fija la estética visible del Barroco sevillano.

Así pues, en las celebraciones de la Semana Santa de la ciudad se consolida una religiosidad popular centrada en las estaciones públicas de penitencia junto con la religiosidad oficial del Triduo Sacro, sus oficios y la solemne Vigilia Pascual.

b) Las congregaciones de la Santa Cruz

La religiosidad marginal por antonomasia es la que, como ya se ha dicho, se desarrolla físicamente fuera del marco templario dependiente del clero secular o regular, es decir, las parroquias o los conventos. Otro ámbito significativo de la religiosidad hispalense, en clara relación con esta segunda mitad del XVII y el clima misional posterior a la Peste de 1649 es el de la proliferación de congregaciones dedicadas al culto de las muchas cruces erigidas en la ciudad como recuerdo y sufragio de las víctimas fallecidas entonces y que fueron enterradas en enormes "carneros" de manera indiscriminada y anónima. Familiares y vecinos erigen estas cruces en las cercanías de los templos y sus cementerios y mantienen un humilde culto diario encendiendo sus faroles asÍ como otros más solemnes en el mes de mayo y sendos sermones en Cuaresma y Semana Santa, lo que no deja de ser bien significativo.

Las cruces constituyen un testimonio permanente de la piedad popular. Insertas en plena vía publica son reflejo de esa "cristiandad barroca" donde la religión es un elemento cotidiano de la existencia y, además, no precisa estar en ámbitos cerrados. Las cruces y sus congregaciones representan toda una forma genuina de expresión barroca de la fe, con sus contradicciones, con su equilibrio inestable entre lo formalmente ortodoxo y lo profano...

c) El Rosario público

Otro ejemplo muy significativo de este carácter marginal de la religiosidad popular es el de la devoción rosariana, nacida y desarrollada al amparo de la Orden de Predicadores y sus cofradías instituidas en los cenobios de la ciudad. Estas corporaciones, prácticamente inéditas hasta el presente para la historiografía local, constituían como una élite bien delimitada socialmente y que practicaban el rezo y devoción avemariana según los cánones oficiales y ortodoxos emanados de la Orden y avalados por numerosos documentos pontificios. El Rosario era hasta la segunda mitad del siglo XVII un rezo poco divulgado entre el pueblo, circunscrito a la esfera privada o personal y que sólo en contadas ocasiones se hacía público por los cofrades de estas instituciones.

Conforme la devoción se fue universalizando al fomentarse su rezo en las numerosas Misiones populares a raíz, como queda dicho de la tremenda conmoción de la Peste de 1649, por parte de religiosos de diversas órdenes -no sólo dominicos- el Rosario perdió su exclusivismo y extendió su campo de acción más allá del reducido ámbito de las cofradías. Poco a poco el pueblo se entusiasmó con esta oración, breve, sencilla, armónica de avemarías y la llegó a considerar como un medio importante para alcanzar la salvación eterna. Tal era el Énfasis que en su rezo ponían los predicadores, bien jesuitas como el padre Tirso González, bien sobre todo el padre Pedro de Ulloa, dominico de San Pablo (1687-1690). Los sevillanos tomaron conciencia de la importancia "per se" del Rosario, de cómo les movía espiritualmente en aquellos momentos de crisis, de cómo era el elemento protagonista de todas las misiones y pensaron que su sólo rezo constituía en sÍ casi una Misión, un testimonio de esperanza, de reconciliación con Dios a través de la Virgen. El pueblo parecía ver en María su gran abogada en los momentos difíciles. En la mente estaba todavÍa cercana aquella extraordinaria manifestación mariana de principios de siglo en torno a la Inmaculada Concepción.

Por todo ello, no se limitaron a promover rezos comunitarios del Rosario, sino que de forma espontánea varios grupos de personas desde parroquias, iglesias, conventos, hermandades e incluso desde pequeños retablos erigidos por los vecinos en plena vía pública se lanzaron a las calles a rezar el Rosario y entonar jaculatorias en honor de la Virgen. Fue una auténtica "explosión rosariana" en un clima de entusiasmo. AsÍ se crearon los propiamente denominados Rosarios públicos, singularísima institución que inaugura una peculiar forma de expresar la religiosidad, la religión cotidiana y es que, desde aquellos momentos, prácticamente en todos los templos de la ciudad se creó un Rosario público que diariamente, tras el toque de oraciones, realizaba una estación por la feligresía. Eran los denominados de Prima Noche, que se completaban en no pocos lugares con otro denominado de Madrugada que salía al toque de Ánimas, cuando se recogía el anterior y que culminaba su estación poco antes del amanecer con la celebración de una misa de alba.

El Rosario público marca la cotidianidad hispalense hasta el siglo XIX y genera toda una estética procesional con simpecados, faroles, coros y orquestas que poco a poco van uniformando estas comitivas, aunque siempre será muy importante su carácter individualista pues cada Rosario tenía un estilo peculiar según sus integrantes o a la institución de que dependían. AsÍ, puede diferenciarse entre los Rosarios parroquiales, bastante conectados con el clero y su pastoral y los Rosarios extraparroquiales formados por hermandades o espontáneamente por un grupo de vecinos. Estos últimos vienen a uniformarse paulatinamente y constituyen el grupo más genuino y arraigado por su autonomía y mayor conexión popular. Los rosarios extraparroquiales espontáneos surgen en torno a pequeños retablos callejeros que incluso erigen los propios vecinos a sus expensas y que sirve de lugar de reunión para la salida del Rosario. Sus integrantes son de origen muy humilde.

Nuestra Señora de EuropaAl igual que en el caso de las estaciones de penitencia, se hizo preciso una cierta regulación por parte de la jerarquía del fenómeno rosariano, sobre todo de la práctica de los Rosarios públicos que, tras la efervescencia de los primeros momentos, exigía para la propia supervivencia y consolidación, la creación de congregaciones y posteriormente hermandades diocesanas que agruparon a los integrantes de estas procesiones, con Reglas específicas en que el instituto rosariano se amplía hacia el culto concreto a la Virgen representada bien en una talla de madera, bien en el propio lienzo del Simpecado. Surgen asÍ las hermandades de Gloria de Nuestra Señora del Rosario desde la segunda mitad de este siglo XVII. Existían algunas anteriores, pero es ahora cuando adquieren su plena identidad con este doble instituto de la imagen titular y sobre todo el Rosario público. Con ellas van a coexistir las cofradías dominicas (conventos de San Pablo, Santo Domingo de Porta Coeli, Regina Angelorum y San Jacinto), penitenciales (Monte Sion y Negros de Triana). La denominación de rosariana en estas instituciones de Gloria es independiente de la advocación de su Titular pues junto a las que rinden culto a la Virgen del Rosario, otras lo hacen a la de la Alegría, Europa, Antigua, Luz y todas ellas tienen como fin primordial el Rosario público, bien porque surgen ya de la misma efervescencia de 1690 o bien porque, nacidas anteriormente, modifican su instituto y aun conservando el culto a la Titular, priorizan el Rosario público.

d) La hermandad como "estructura de marginalidad"

La hermandad se convierte asÍ en el ente que canoniza una devoción surgida espontáneamente -aunque con una mediación indudable de la jerarquía- en el pueblo, una asociación peculiar y de honda tradición popular que va a servir como medio de integrar en la Iglesia a distintos fenómenos de religiosidad, no coartando o limitando su espontaneidad, sino únicamente dotándolos de una necesaria estructura organizativa de gobierno y con una dimensión cultual y caritativa, dentro de los márgenes de una institución aprobada por la Jerarquía, dotada de cierta y práctica autonomía y que el pueblo no deja de sentir igualmente como suya, pues es Él quien marca el pulso de su vida.

Pero el concepto de marginalidad que aquÍ vamos a tratar se conceptúa más allá del propio carácter como tal de la religiosidad popular dentro de la Iglesia oficial, pues jurídicamente tanto las estaciones de penitencia, el fenómeno rosariano o la devoción y culto a las cruces instaladas en muchas plazas de la ciudad, al ser constituidas en hermandades las asociaciones que surgen espontáneamente entre los fieles dedicadas a estas manifestaciones, están sujetas a su autoridad y, por ende, integradas en la estructura eclesial.

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I. COFRADÍAS Y ESTACIÓN DE PENITENCIA

Respecto a las estaciones de penitencia y sus hermandades podrían señalarse muchos ejemplos de este carácter de cierta marginalidad que se constatan en la ya mencionada incomprensión del clero ante sus manifestaciones. En el marco de una religiosidad oficial muy determinada por el Absolutismo Ilustrado de la segunda mitad del siglo XVIII, se observa un abismo entre los planteamientos de la jerarquía regalista y las capas más populares de la sociedad donde el Barroco sigue manteniendo sus estructuras de cristiandad, donde el pueblo se aferra a unas tradiciones conformadas desde su genuino protagonismo desde finales del siglo XVI y sobre todo, como ya se dijo, la segunda mitad del XVII. En una reciente ponencia me refería al caso de la Hermandad del Cristo de la Salud del barrio de San Bernardo, surgida a partir de una espontánea iniciativa de los niños del barrio que erigieron una especie de asociación penitencial que efectuaba su salida procesional el Domingo de Ramos por las calles del barrio con unas sencillas imágenes y enseres partiendo de un local particular. Posteriormente, la iniciativa se consolidó y la denominada "Hermandad de los Muchachos" se integra en la parroquia y se constituye en cofradía formal de penitencia con el decidido apoyo del párroco que logra, con muchas dificultades, licencia expresa del Cardenal-Arzobispo de Sevilla en 1764. Había una clara animadversión entre determinados estamentos jerárquicos hacia estas manifestaciones de la religiosidad popular. Y no le faltaban argumentos. El propio párroco, que tan comprensivo se mostró ante la iniciativa de los cofrades, hubo de soportar sus constantes antitestimonios y diversas actitudes claramente ofensivas contra su persona y la pastoral parroquial. Eran las contradicciones de la religiosidad popular, sus exclusivismos y el afán de predominio en la feligresía.

Buena prueba de ello es el testimonio literal del párroco de los excesos de estos cofrades en sus reuniones o cabildos:

La Hermandad del Santo Cristo, por no tener sala de cabildo en esta iglesia, celebró algunos en la antesacristía y el cura antecesor D. José López de Palma [...] los estorbó despuÉs por algunos alborotos y disensiones que había observado contra la reverencia debida al templo. Ignorante de esto, permití en dicho sitio un cabildo de esta hermandad y en él hubo muchas voces y gritería que oí desde mi cuarto, lo que me hizo estar con cuidado en la iglesia al siguiente que celebraron en primero de este mes de noviembre y habiendo oído alguna conmoción entre los hermanos, varios campanillazos y ciertas expresiones de amenazas uno a otro con darle de bofetadas, de mandarse enhoramala y otras, corrí al punto, abrí las puertas, les reprendí su falta de crianza y reverencia y tomé asiento en el cabildo, el que siguió con la debida forma hasta concluirse en paz y quietud y allí mismo confesaron varios individuos que a no haber entrado yo y pacificado aquella disensión hubiera quizá sucedido alguna desgracia...

En este caso, la marginalidad que se detecta en los orígenes de la corporación dificulta una integración efectiva en el ámbito eclesial de la parroquia. Todo parece indicar que el abandono de la sede extratemplaria y la entrada en la iglesia no va unido a una preocupación por buscar fórmulas de participación activa en la pastoral de San bernardo, sino que simplemente se trata de un medio formal de eliminar una práctica popular marginal en la feligresía, pero manteniendo en el fondo las causas de esta marginalidad.

La misma incomprensión se detecta en las estaciones de penitencia propiamente dichas. Se conserva un expediente abierto por el Fiscal del Arzobispado a varias hermandades por no cumplir con los horarios señalados por la Autoridad Eclesiástica, especialmente en lo referente a la entrada en sus templos que debía efectuarse antes de anochecer. En las alegaciones que presenta el Mayordomo de una de ellas, la de la Sagrada Mortaja y Nuestra Señora de la Piedad de la parroquia de Santa Marina, se observa la dificultad insalvable entre los planteamientos de la religiosidad oficial y el de la mayoría del pueblo fiel.

En primer lugar se refiere a la gran distancia que ha de recorrer la cofradía en su estación de penitencia...

" [...]siendo su estación tan dilatada que no ai otra que la tenga maior y ni con tanto es cortísimo el tiempo que tiene para que pueda recogerse en su casa ni aún con una hora despuÉs de la horasión; pues es notorio y por tal lo alego que luego que se sale de dicha parroquia es indispensable tener que bajar a la collación de San Gil y [...] de Cuatro Cantillos a tomar por San Basilio [...] calle del Conde a la parroquial de San Martín y bolber por la calle Real a su casa; con que abia de andar indispensablemente todos esto no es posible en el corto tiempo de ocho horas caminarlo "

Junto al largo itinerario, precisa que hay que considerar algunos contratiempos habituales en el cortejo, como los derivados de los mozos que portaban los pasos

" [...] Concurriendo con esto que son indispensables y no culpable mi parte en algunas dilaciones que se causan como son esperar que los mosos concurran a la hora citada y las paradas o descansos que se hacen ya para la remudas o ya para otras cosas que suelen acaecer, en lo que se gasta no corto tiempo, sin que esté de parte de la Hermandad el remediarlo "

Otro argumento significativo es la propia estética devocional de la cofradía, que requiere que los pasos caminen con un ritmo adecuado a lo que los cofrades entienden que es la dignidad de una estación de penitencia. El tenor describe perfectamente todo esto...

[...] No siendo de menor atención el que no puede cumplirse con la orden aun cuando nada de esto ubiera; a menos que no se caminara a un paso largo y acelerado, que aunque los mosos lo pudieran tolerar, serÍa irreverencia caminar de esta forma y nunca pueden (los cofrades) creer que la justificación de V.S. abia de permitir que se hisiere una estasión que causase más bien risa que devoción a los fieles"

Y, finalmente, se queja del excesivo rigor con que se trata a su hermandad. Es muy interesante esta declaración final:

"Acaso por esos tan vigentes motivos nunca se ha usado con mi parte de semejante rigor, sin embargo de que siempre ha entrado tarde y aun más que el año pasado, pues ha sido lo regular a las onse de la noche, en cuia práctica ha estado de tiempo inmemorial a esta parte y en la que devería ser mantenidas sin que aiga exemplar alguno, no sólo de [ ] recogida en la parroquia a la Oración, pero ni aun con una hora de noche porque siempre se ha venido en consideración lo dilatado de la estación, los descansos que son precisos dar a los mosos y la irreverencia con que sería presiso caminar para cumplir lo mandado y esto aun quando se encontraran mosos que a una cuerda tan tiradas y sin remudas ni descansos, en que no se consume poco tiempo, quisiera llevar los pasos; con que por todos títulos, aun cuando dichas providencias tuvieran o tengan lugar para con aquellas estasiones cortas, nunca con la de mi parte. Parece que se devería entender, maiormente quando se save el empeño con que siempre procuran adelantar tiempo aunque no sea más que por su propia combeniencia, pues siendo unos días tan molestos, el paso de la estasión de tanta mortificación y malimiento..."

Resultan superfluos más comentarios acerca de una marginalidad que, en este segundo caso, deja en evidencia la dificultad de racionalizar una religiosidad del pueblo.

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II. LA DEVOCIÓN A LA SANTA CRUZ

En el caso de las congregaciones de la Santa Cruz su marginalidad radica deriva fundamentalmente de su situación extratemplaria. En este aspecto coincide con los Rosarios públicos y su marcado carácter de vinculación con el barrio en que se asienta. Son corporaciones muy humildes que viven de las limosnas de los vecinos y devotos recaudadas a través de las demandas de los hermanos.

A finales del siglo XVII o principios del XVIII se rendía culto a una cruz vecina a la parroquia. En 1719 la viuda e hijo del devoto que había comenzado esta devoción solicitan erigir una hermandad y presentan unas Reglas, que tras varias incidencias se aprueban en 1732:

En dicha parroquia, a la entrada de la calle Ancha está una cruz, la qual el dicho Francisco de Paula mientras vivió estuvo cuidando así con las limosnas de los devotos como con muchos reales que gastó de su caudal en el culto de la dicha Santa cruz, con toda la desensia que pudo predicándose todas las cuaresmas sermones, a que concurrían toda la gente del barrio i por siendo VS servido queremos continuar en el obsequio de dicha Santa Cruz, aumentar su culto i muchas personas quieren ser hermanos...

En las Reglas se establece el culto diario que se reduce a mantener encendidos los faroles de la cruz a partir del toque de oraciones. En el mes de mayo, el día 3 -festividad- se ha de celebrar una misa cantada en la parroquia "llevando una cruz pequeña adornada de casa del Hermano Mayor, sin procesión ni pendón y acabada la misa se restituya a la casa donde vino" . Se prohíbe la celebración de cultos en el lugar de la cruz. Por último, se recoge la costumbre de predicar sermones junto a la cruz todos los viernes de Cuaresma y sobre todo el Jueves Santo por la noche, cuyo predicador será designado por el Hermano Mayor.

Era muy difícil la vida de estas corporaciones, siempre en un régimen de subsistencia dependiente de las limosnas de los devotos. En hermandades de estas características era fundamental el cargo del Mayordomo, cuya gestión no se limitaba sólo a la administración de los escasos ingresos sino que debía ser persona de iniciativa y empuje, dotada de cierto carisma y poder de atracción. Hay que tener en cuenta que estas hermandades se sostenían exclusivamente de las limosnas del vecindario, que los cofrades, coordinados por el Mayordomo, debían de tratar de allegar a través de las demandas. En este sentido, la hermandad se personalizaba mucho en este cargo y su poder a veces monopolizaba la misma trayectoria de la Hermandad. Su amplia autonomía repercutía no pocas veces en una gestión `poco formal, que era ruidosamente contestada por los cofrades cuando abandonaba el cargo.

Entre las muchas congregaciones de la Santa Cruz me voy a detener en tres bastantes significativas, con un carácter más espontáneo que la de San Bernardo que no sólo no prohíben la celebración de sendas fiestas en plena calle en la festividad de mayo, sino que preparan todo un espectacular aparato escénico, como una liturgia genuinamente popular.

Existe un expediente gubernativo acerca de unas Cuentas de la congregación radicada en la plazuela de San Lorenzo, junto a la parroquia, concretamente de dos ejercicios económicos (1757-1759) en el que los principales gastos se centran en unas obras de albañilería de cierta importancia en la peana de la cruz y otros menores derivados del mantenimiento diario.

Merced a estas cuentas se pueden reconstruir el escenario y el orden de los principales cultos de la Hermandad. En efecto, en la festividad del día de la Cruz, el 3 de mayo, se construye un arco de luces y flores para la cruz y en Cuaresma y Semana Santa se prepara un escenario bien distinto, colocándole un sudario a la cruz y celebrando un solemnísimo Sermón el Domingo de Ramos o Lunes Santo, para lo que se trae un púlpito. Estos actos están amenizados por fuegos de artificio.

Otra hermandad, la establecida en el compás de la Laguna, en la misma Época (1756-1760) celebraba la festividad de la Santa Cruz con explosión de fuegos de artificio en las vísperas, pero eran fundamentalmente importantes los sermones de Cuaresma, que los cofrades denominan "Feria de Sermones" y en los que se montaba una vela sujeta por palos, colgaduras...Se preparaba como una fiesta, con mucho entusiasmo, con alegría...aunque era un acto formalmente penitencial, que sin duda conmovería profundamente los ánimos. Es el contraste barroco.

También era instituto fundamental de estas instituciones la atención a los cofrades difuntos con el aparato mortuorio, acompañados y misas de sufragio por sus almas.

En los últimos momentos del Barroco estas cruces van desapareciendo de la geografía urbana de Sevilla y en el siglo XIX son ya muy pocas las que permanecen en sus primitivos emplazamientos. Es un signo de la decadencia de la estética devocional barroca, de la propia concepción de religiosidad que retorna a los ámbitos sagrados de los templos. Esto ocurrió con la cruz que estaba situada en el centro de la plaza de la Alfalfa y de la que cuidaba una antigua hermandad erigida en 1691. La Autoridad Eclesiástica había ordenado en la segunda mitad del XVIII la retirada de las cruces que supusiesen un obstáculo para el tráfico rodado o estuvieran expuestas a posibles "indecencias" y esta corporación fue obligada a desmantelarla en 1776 a pesar de sus protestas alegando el "harto fruto espiritual" con que se celebran tres sermones cada semana de Cuaresma...Después de muchas incidencias, se le concede licencia para instalar la cruz en otro lugar.

La marginalidad física supone unos indudables inconvenientes y chocan como en las cofradías penitenciales con una incomprensión de la religión oficial y asimismo son las primeras manifestaciones de religiosidad barroca que van a perecer ante la crisis y ruptura de los esquemas de cristiandad en una sociedad donde lo religioso es sólo una instancia más, aunque mayoritaria sin duda. Estas cruces eran un recuerdo de aquellas Misiones, de su incidencia y asunción popular, quizá signos de muerte, pero que en mayo constituían toda una explosión de vida.

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III. LOS ROSARIOS PÚBLICOS Y SUS HERMANDADES

En el caso del Rosario, la marginalidad es también evidente no tanto en lo jurídico (aunque es patente que se quiebra la jurisdicción dominica con la creación de los rosarios públicos y las hermandades diocesanas surgidas de ellos) sino sobre todo en el propio instituto del Rosario público y su dimensión dinámica y extra-templaria. El hecho de que el ámbito sagrado se traslade a plena vía pública como las cruces, que el objeto de devoción no sea tanto la imagen (aunque ciertamente esta aparezca pintada en el lienzo de los simpecados) sino el propio uso y rezo que realizan los cofrades, y , por último, que la devoción y la vida de la congregación dependan fundamentalmente de los hermanos y vecinos de la feligresía son datos que indican un concepto de religiosidad al margen de la oficialidad de la Iglesia, de su control directo y permanente, de su ámbito físico (parroquia o convento).

Y todo ello se hace todavía más clarividente en el caso de los Rosarios públicos que nacen en plena calle, sin más signo sagrado que un modesto retablo ni más amparo que los propios vecinos y su devoción. En ellos se detecta una religiosidad muy sencilla, con las contradicciones derivadas de su escasa instrucción cultural y catequética, con la espontaneidad que hace posible la diaria convivencia con la vida de un barrio, sus inquietudes y problemas y la lejanía a veces -no sólo física- de la propia parroquia.

Dada la necesaria brevedad de esta ponencia y puesto que sobre este tema he realizado muy diversos estudios, me referiré a algunos significativos ejemplos para una comprensión efectiva de esta religiosidad marginal, pero plenamente integrada en el pueblo.

1.- Las devociones de la Santa Cruz y el Rosario

He significado antes la sintonía de estos Rosarios con las hermandades de la Santa Cruz. He registrado varios casos en que se establece una fusión entre hermandades de estos institutos. En el sitio denominado de la Cerrajería existía un pequeño retablo dedicado a la Virgen de Regla a finales del siglo XVII. Sus devotos, al parecer relacionados con la imagen venerada en el convento agustino de Chipiona, deciden erigir asimismo en aquel lugar una imponente cruz de hierro que adoptan como titular. No obstante, con posterioridad se traslada la imagen de la Virgen primero a la parroquia de San Miguel y posteriormente al Convento de Religiosas Mínimas sito en calle Sierpes. Desde los primeros momentos se constata un indudable carácter rosariano ya que mantenía un estrecho contacto con diversos Rosarios públicos de la feligresía que acompañaban a sus cofrades en diversas celebraciones de la hermandad. No obstante hasta 1764 no se formaliza este carácter. En este año se agrega a la hermandad una congregación de Nuestra Señora del Rosario dedicada al instituto público, aunque conservando ambas su plena autonomía jurídica. Esta agregación supone al parecer una revitalización de la primitiva entidad, aunque ambas se encuentran en franca decadencia a finales de siglo.

Más significativo fue el caso de la hermandad del Rosario de la Resolana que tiene sus orígenes en un Rosario público instituido por varios vecinos en 1697. Esta iniciativa aparece vinculada a una corporación que rendía culto a la Santa Cruz que se veneraba en un humilladero y que tenía como sede canónica una vecina capilla, de donde salía diariamente a realizar su estación el mencionado Rosario con gran participación de vecinos. Tras una etapa de decadencia, nuevamente se revitalizó la devoción con motivo de unas misiones predicadas por el franciscano padre Serafín y se decidió erigir formalmente una hermandad para preservar el Rosario que realiza sus estaciones tanto a prima noche como de madrugada, separándose de la tutela de la Santa Cruz y formando Reglas propias en 1731. Sin embargo, pocos años después, en 1745 ambas hermandades se unen, con un predominio claro de la del Rosario que, en pleno apogeo, se asienta en la primitiva capilla de la Santa Cruz, emprendiendo inmediatamente importantes obras de ampliación para adaptarla plenamente a su instituto.

"El Divino Padre de la Luz de quien nos viene todo el vien y save sacarse alabanza de la boca de los niños permitió que esta santa congregazión tubiere principio por algunas personas en veinte y quatro de marzo de año de mil seissientos y voventa y siete se hisiese este Rosario y por diferentes tiempos se a dexado. Y aora el año passado de mil setezientos y treinta vino a esta ciudad el Padre Fray Juan Serafín del Orden de Padre señor San Francisco en su convento, Misionero apostólico y bolvió a susitar a ynstancia suia este Rosario, y asi mismo juntó algunos congregados para su asistenzia, y viendo don Juan de Aranzana y Carlos González que dicho Rosario no salía ni los congregados asistían las más noches suplicaron a los hermanos de la Santísima Cruz que les diesen facultades para cuidar del Rosario con cargo y calidades que no avian de tener yntervenzión alguna con las alaxas de dicho Rosario, lo que dichos hermanos otorgaron, y firmaron de que eran gustosa de lo referido, en vista de lo qual los dichos don Juan de Aranzana y Carlos González tomaron principio y salió por las calles dicho Rosario con edificación cantando las salutaciones angélicas de María Santísima del Rosario que se venera en el sitio de la Resolana en su capilla, pero al paso que algunos fueron pregoneras de la buena exselencia eran tan vieneficas, despertadoras a la devosión que al presente a tenido y tiene a esta Soberana Reina, esta nobilísima ciudad en tanto grado que en breves días se hiso un Rosario de numeroso concurso de devotos adultos que no contentos ya con el culto que no solamente tributavan a su Madre a Prima noche determinaron y executaron el mes proximo de haver buelto a salir este Rosario por las madrugadas ivan al Convento de Nuestra Señora del Pópulo a oir misa, cantando el Rosario por las calles y mientras se selebra el Santo Sacrifisio de la Misa se cantan las lettanias

2.- La procesión rosariana

El Rosario público centra toda la vida de la hermandad. Las Reglas en todos sus capítulos gravitan en torno a la organización de esta procesión diaria y se responsabiliza de una manera muy especial al Hermano Mayor , que ejerce su dirección en todos sus aspectos, por encima del propio capellán.

"El presidente y superior de esta Congregazión es el Hermano Mayor y el que ocupa el primer lugar y el que tiene el primer voto en ella entre todos los oficiales. Será persona de christiana vida y prudente zelo y sobre todo especial devoto de María Santísima del Rosario, desocupado de negosios para que pueda asistir a los exercicios de esta congregazión, pues su asistenzia conduze mucho para atraer a otro [...]

En las estaziones de todos los días que queda asignado en el capítulo precedente para la madrugada y prima, conviene se proseda con prudente govierno para durasión y permanencia para cuia razón cuidará el Hermano Mayor que la campanilla que sale antes por las calles llamando a los hermanos y devotos no se conseda a muchacho ni hombre que cauze alvoroto o excándalo sino la dará a persona de razón que executará el llamamiento conquistando si dará motivo a que algunos se quexaran ....al Hermano Mayor en caso que aiga muchos que quieran llevar la cruz o simpecado distribuia uno y otro procurando con buenas razones queden todos gustosos para que se consiga la paz, y el Prioste le toca repartir los faroles altos y vaxos y por quantas estaziones que se suelen asignar por acuerdo para todos los dÍas se suelan ynvertir por justos motibos que después ocurren como son haver en ella obras o mucho lodos o haber de yr a cantar responso y salve en otros sitios diferentes declaramos que el señalamiento de estaziones toca al Hermano Primero privativamente y en su ausienzias a uno de los dos diputados y en la de ambos al Capellán y quando cada uno le toque señalarán la estazión al tiempo de salir el Rosario partisipándoselo al que llevare la cruz para que expesialmente la siga sin admitir orden en contra de otra persona alguna y se encarga que las estaziones sean moderadas para no causar al hermano o fatiga o cansanzio. Para governar el Rosario por las calles yrán en orden dos campanillas con esto desimos para quitar confuzión, una llevará el padre capellán que irá al prinzipio del Rosario ynmediato a la cruz y no la tocará sino quando encuentre otro Rosario y para lo que sea presiso: que el nuestro pare o para ofrezer y la otra llevará el Hermano Mayor que irá junto a los faroles altos y la tocará en saliendo del Rosario de la capilla siempre que vea en Él alguna quiebra o ubiere de parar para cantar alguna salve o responso y ninguno desamparará su puesto si no fuera con gran motivo. Y por quanto suele avisar para que el Rosario vaya a cantar responso a los difuntos o salve a los enfermos, establezemos para el admitir el convite y hazer que vaya el Rosario toca a el Hermano Mayor...

En todo ello se consolida esa plena autonomía popular en la conformación de los Rosarios. Junto a los ordinarios, aparece en esta corporación el denominado Rosario de Gala que sale en la festividad de la Virgen y el de Ánimas, con un simpecado de color morado y lienzo alusivo a las Ánimas Benditas del Purgatorio.

3.- La muerte y la vida. La importancia del barrio

El sufragio por los hermanos difuntos forma parte indisoluble del instituto de estos Rosarios. De hecho, la hermandad antecedente y la del Rosario de los Humeros significan este carácter con estos simpecados específicos con los que organizaban en noviembre la Novena de Ánimas. De hecho es una de las razones de su fundación. Los vecinos del humilde arrabal de los Humeros hubieron de vivir en todo su dramatismo la catástrofe de 1649. Allí se enterraron cientos de víctimas de la Peste. Cuando a raíz de las misiones fue creciendo una religiosidad en torno al Rosario, sus vecinos erigieron un pequeño tabernáculo con una imagen de esta advocación en uno de los muros del convento de San Laureano. La marginalidad social marcó la idiosincrasia del Rosario público que instituyeron los vecinos en torno a esta imagen. La primitiva congregación que cuidó de este uso devocional supuso un signo profundo de identidad del barrio en torno a la religión. El Rosario marcaba la vida del barrio y también la muerte. Al sufragio por los cofrades y devotos difuntos hay que añadir la práctica de un Vía Crucis penitencial durante la Cuaresma con el Rosario, a cuyo simpecado se le colocaba un lienzo de dolor. Hay todo un proceso de conformación de una religiosidad propia en beneficio de la propia santificación del vecindario. La labor incansable del Mayordomo Liñán culmina todo ello con la construcción de una capilla propia costeada por limosnas del propio arrabal y de diversos bienhechores en 1761. Es un testimonio de la preocupación pastoral de la religión popular . La capilla permitirá consolidar la devoción, preservarla de la crisis generalizada que se detecta en los años finales del siglo y encauzarla en las prácticas de la religión oficial, sobre todo la celebración de la eucaristía dominical. Y todo ello sin que pierda un ápice su carácter popular y en cierta medida marginal que perdurará hasta el siglo XX.

4.- Las contradicciones de la religiosidad rosariana

Muy distinto es el caso de un Rosario público promovido de manera espontánea por un grupo de jóvenes en el hospital de San Juan de Dios en el primer tercio del siglo XVIII y que gozaba de bastante auge entre la feligresía. Tenía como costumbre tradicional realizar los domingos y festivos una estación extraordinaria al real convento de San Pablo para participar en los ejercicios y pláticas organizadas por la comunidad dominica. Se encontraban en un período de apogeo y habían acometido sus cofrades la iniciativa de bordar un Simpecado nuevo, de Gala para el que ya habían adquirido el terciopelo. Pero, inesperadamente, se produce una disensión entre los cofrades y una de las partes, encabezada por el propio Mayordomo, no se le ocurre mejor forma de consolidar su posición que ¡secuestrar el Rosario! aprovechando para ello una de las estaciones al convento de San Pablo. En vez de encaminarse a este cenobio, dirigieron la comitiva al hospital del Buen Suceso donde guardaron todas las insignias del Rosario.

No contentos con ello, y a fin de justificar la posesión de estos enseres, eliminaron del Simpecado y la cruz los símbolos distintivos de su anterior propietario, que eran dos granadas y los sustituyeron por dos cruces.

La Autoridad Eclesiástica decretó la devolución de las insignias al hospital de San Juan de Dios, lo que se verificó a través del alguacil mayor del Arzobispado, que igualmente se personó en el taller del maestro bordador Juan Palareta, a quien se Había encargado la confección del nuevo Simpecado, pero la tela estaba en poder de los cofrades conflictivos que iban por las calles con el terciopelo para recabar limosnas.

Es un caso extremo, pero significativo de este carácter espontáneo de los Rosarios y de sus cofrades en un ámbito de religiosidad marginal, pero enraizado en el contradictorio esquema barroco de las gentes del pueblo.

Hasta aquÍ una breve y concisa aproximación a la religiosidad marginal de la Sevilla del Barroco. He tratado de significar la importancia del pueblo sevillano en la conformación de sus propios esquemas devocionales, su genuina forma de establecer una relación con la Trascendencia, asumiendo la tutela de la Iglesia, aceptando sus fundamentales postulados, pero adaptándolos a su idiosincrasia.

La fe del pueblo sevillano en el Barroco es sobre todo vital, cotidiana, cercana profundamente a sus inquietudes. Una fe sentimental, ciertamente, pero a la vez llena de sentido trascendente e inmanente. En todo ello, en esa "estructura marginal de la religiosidad", la Hermandad es fundamental pues concretiza esa fe y esa devoción, la dota de una expresión formal y la constituye en un fenómeno comunitario, eclesial, aunque a la vez... marginal.

 Carlos José Romero Mensaque

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© El Rosario en Sevilla 2004. - Carlos J. Romero Mensaque