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Religiosidad Popular y Carisma personal en las Hermandades del Siglo XVIII.eligiosidad Popular y Carisma personal en las Hermandades del Siglo XVIII.

Las investigaciones históricas sobre religiosidad moderna en la ciudad de Sevilla y su provincia coinciden en afirmar el papel determinante del elemento popular en su conformación y consolidación. No obstante, hay que admitir que la iniciativa propiamente dicha, en la mayor parte de los casos, ha correspondido al clero secular o regular, bien directamente, bien promoviendo determinadas prácticas que posteriormente el pueblo fue adaptando a su idiosincrasia. El caso de los vía crucis en la Plena Edad Media como una iniciativa pastoral de la orden franciscana en pro de una integración mayor del pueblo inculto en la conmemoración de la Pasión, al poco tiempo éste la asume y reestructura en lo que será el genuino fenómeno de la Semana Santa y las cofradías a fines del siglo XVI y primera mitad del XVII.

Pero tanto en el ámbito de la iniciativa clerical como en el de la conformación y consolidación definitiva por parte del pueblo, se constata siempre la importancia del carisma personal como elemento clave que vertebra todo el proceso, aglutinando en su derredor a unos colectivos que participan de este carisma, lo animan y asumen y posteriormente estructuran unas bases que posibilitarán el surgimiento de nuevos elementos carismáticos.

En este breve artículo quiero referirme a algunas personas bien significadas dentro del ámbito de la religiosidad moderna Sevillana del siglo XVIII, foco esencial de mis investigaciones, que pueden ilustrar estas afirmaciones preliminares. En esta ocasión, me centraré en el ámbito de la religiosidad popular ya consolidada e integrada en unas estructuras estables como son las hermandades.

Las hermandades suponen la más clara constatación del arraigo de la religiosidad en la base del pueblo y su deseo de institucionalizarla a través de su propia iniciativa y medios que, aunque a veces muy precarios, suponen en definitiva la consecución de una más efectiva y cercana relación con la Trascendencia.

Un elemento claramente diferenciador entre la religiosidad directamente inducida y controlada por el clero y la asumida y recreada por el pueblo es la espontaneidad. En las prácticas de religiosidad oficial o clerical, el fiel permanece siempre en una actitud pasiva y no participa. En la religiosidad oficial, el fiel toma la iniciativa de integrarse en la práctica y conformarla en su ámbito vital.

La erección de una hermandad supone, en este sentido, un indicativo de que el fenómeno de religiosidad quiere conservar su carácter espontáneo a fin de que el pueblo pueda seguir considerándolo suyo. No obstante, el establecimiento jurídico, con unas Reglas concretas y la sujeción efectiva a la Jerarquía eclesiástica limita en parte esta espontaneidad con la adopción de una estructura mínima de gobierno y actividades, limitación que sólo puede ser superada con una permanente disposición de apertura al sector popular que dio origen a la práctica devocional y, posteriormente, a la hermandad.

De hecho, la hermandad siempre surge tras la superación de una primera etapa de auge de la devoción en el que el colectivo humano, anónimo, que la profesa no siente necesidad alguna de crear unas estructuras ya que se vive con intensidad y notable participación todas las celebraciones. En los primeros momentos del fenómeno de los Rosarios públicos, los vecinos de las distintas parroquias o hermandades organizaron sin ningún tipo de esquemas previos unos cortejos informales con los que diariamente salían a las calles rezando y cantando los Misterios. Análogamente puede hablarse de las primeras estaciones de penitencia.

Poco a poco, la tendencia a estabilizar el uso devocional, hace que el primitivo colectivo de fieles se concretase en personas dispuestas a crear una estructura de unidad de vida en torno a la religión, superando el anonimato de la primera etapa.

En realidad el carisma personal en el ámbito de la religiosidad popular es consustancial al proceso de consolidación de una determinada devoción o práctica religiosa y la creación de una hermandad. Puede decirse con propiedad que los fenómenos de religiosidad popular son anónimos, inconcretos y coyunturales hasta que unas determinadas personas son capaces de aglutinar el colectivo de devotos y establecer definitivamente las formas concretas de expresión de esta religiosidad. Con las hermandades, el fenómeno popular adquiere auténtica carta de naturaleza y genera una dimensión comunitaria netamente cristiana que posibilita la integración del pueblo en la celebración eucarística.

En una hermandad, el elemento personal es clave para el discernimiento de su actividad institucional y la propia dinámica cotidiana. Los vecinos de la feligresía concreta en que se originó la iniciativa personalizan sus inquietudes, confiándolas a un grupo determinado de hombres que ocuparán los cargos de gobierno de la hermandad y especialmente de los dos principales, el Mayordomo y el Hermano Mayor.

En todo este proceso, hay un riesgo cierto de pérdida por parte del pueblo del protagonismo activo en el fenómeno de religiosidad concreto debido a una excesiva institucionalización de la hermandad que, muchas veces de manera inconsciente, tiende a cerrarse en sí misma y en los cofrades que la integran, más concretamente en los oficiales de su junta de gobierno. La falta de espontaneidad en las hermandades suponen un indicativo fidedigno de pérdida de su primitivo carácter popular, aunque sea el propio pueblo quien de hecho inició el proceso.

A pesar de su fuerte carácter comunitario, en las hermandades y cofradías del siglo XVIII la iniciativa y carisma personal supone un elemento indispensable para la comprensión de su vida cotidiana y el desarrollo de sus principales fines institucionales. En efecto, investigando en las actas capitulares, se observa la presencia de cofrades que invariablemente y durante un período prolongado de tiempo ocupan los principales cargos de gobierno de la hermandad con el respaldo mayoritario de los cofrades. Y esto a pesar de que todos los años se procede normativamente a la elección de oficiales.

Aunque cada oficial desempeña una función concreta en el gobierno de la Hermandad, la dirección efectiva corresponde, según las características de cada hermandad, al Hermano Mayor o Mayordomo. El primero va cobrando una importancia efectiva en este siglo XVIII como coordinador de la junta de gobierno, aunque todavía en la mayoría de los casos suele considerarse como un cargo de prestigio, bien por su labor en la hermandad, bien por patrocinio económico y, en todo caso, con escasa responsabilidad. Sólo en corporaciones dotadas de una estabilidad importante, este cargo ejerce una real autoridad independientemente de quien lo ocupe y así se establece en las correspondientes Reglas. Existen excepciones como luego se verá, pero en ese caso el cargo de Hermano Mayor tenía las funciones propias del Mayordomo.

El cargo de Mayordomo abarca todo lo relacionado con los aspectos económicos de la corporación y en este sentido es el encargado de administrar los ingresos y gastos que se produzcan y de custodiar todo su patrimonio. Pero, aunque estos sean los cometidos que marcan las Reglas, el Mayordomo tiene la alta responsabilidad de emprender el mayor número de iniciativas posibles para recaudar los fondos suficientes que permitan cumplir los fines de la hermandad, en especial los de tipo cultual y asistencial y, por ello, se constituye en el principal impulsor de la actividades cotidianas de la corporación.

Por todo ello, los cofrades que son elegidos para ocupar estos cargos asumen la responsabilidad de una dedicación exhaustiva y el compromiso de dar cumplimiento a su instituto. Cuando la práctica devocional está bien arraigada en el vecindario, los ingresos suelen ser permanentes y por tanto existe una estabilidad en el gobierno, con lo que la responsabilidad está perfectamente compartida por los oficiales y hermanos. En momentos de crisis, que suelen ser muy frecuentes en la segunda mitad del siglo XVIII, el Hermano Mayor o Mayordomo deben afrontar el cumplimiento institucional prácticamente solos y, de hecho, los cofrades suelen elegir a una persona que de por sí tenga la suficiente garantía, bien por su carisma, bien por su peculio personal, para llevar a efecto su gestión.

Y es que el carisma personal en una hermandad no puede explicarse de una manera unívoca. Existen casos en donde éste proviene de una situación social y económica que convierte al cofrade concreto en una especie de patrocinador que sostiene el ordenamiento institucional, pero también, quizá la mayoría, ocurre que estos cargos son ocupados por personas sin relevancia social ni económica, pero que han desarrollado una amplia labor interna en pro de las actividades de la hermandad, adquiriendo un prestigio estrictamente cofrade.

A veces se llega a un extremo tal en esta asunción de responsabilidades, que en no pocas ocasiones el carisma personal degenera en un personalismo exclusivista tolerado por los propios cofrades al menos en un primer momento, haciendo posible que tanto el Hermano Mayor como el Mayordomo consideren la hermandad de su propiedad y actúen en consecuencia.

A pesar de todo ello, y de que, como consecuencia de estos abusos, los cofrades suelen arbitrar diversas medidas para evitar el predominio personal, en las hermandades se crea el ambiente propicio para el desarrollo de estos carismas por la precariedad ya comentada respecto a sus actividades que generan una religiosidad que puede denominarse "de subsistencia" en la que cotidianamente es preciso un esfuerzo continuado y tenaz por mantener los ingresos derivados de la devoción y se requieren personalidades bien concretas dedicadas a ello.

Voy a centrarme concretamente en una hermandad penitencial, la de la Sagrada Mortaja con sede en la parroquial de Santa Marina de la ciudad de Sevilla. Quiere ser simplemente un muestreo fidedigno de una realidad bien palpable en el ámbito provincial sevillano del siglo XVIII.

El Rosario en Sevilla

En la Hermandad de la Sagrada Mortaja, se asiste con el comienzo de siglo a una revitalización importante, aunque precaria, que se caracteriza por la participación activa de los cofrades en los cabildos y en el apoyo del vecindario, todo lo cual se traduce en un incremento apreciable de hermanos y asimismo del patrimonio material. En las Reglas aprobadas en 1702 y que responden a este impulso renovador, se establece claramente el predominio del cargo de Mayordomo en el gobierno de la Hermandad, concediéndosele una amplia autonomía de gestión. Como contrapartida, se determina que la persona que lo ocupe debe gozar de una desahogada situación económica y asimismo se le exige el compromiso de aportar su peculio personal si la Hermandad resultara alcanzada con algún débito. No se menciona el cargo de Hermano Mayor, pero de hecho existía, aunque sin efectividad gubernativa hasta la segunda mitad de siglo.

En la primera mitad de siglo destacan especialmente dos cofrades: Salvador de Sayas y Juan Benítez. El primero era un cofrade carismático, que desde 1706 hasta su muerte en 1732 desempeñó diversos cargos en la junta de gobierno, especialmente los de Mayordomo y Hermano Mayor. Fue una figura clave en la revitalización de la hermandad y desde la mayordomía abrió cauces definitivos para la consolidación de la entidad. Buena prueba del carisma de este cofrade y de lo imprescindible que su figura llegó a ser la constituyó el hecho de que, agobiado por la excesiva dedicación que el cargo requería, presentó formalmente su desistimiento en 1707 y los hermanos, lejos de resignarse acudieron a la Autoridad Eclesiástica para obligarlo a reconsiderar su postura. La situación llegó a ser muy tensa, mas finalmente, tras un interregno, Sayas no sólo vuelve a la mayordomía, sino que los cofrades le nombran Mayordomo perpetuo, en señal de agradecimiento, aunque el acuerdo, sin duda por cuestiones jurídicas, no se llevó a efecto.

Tras varios años de mayordomo, Sayas, que no se quería perpetuar en el cargo y una vez solventadas las iniciativas emprendidas y liquidados los débitos, pasa a ocupar el prestigioso cargo de Hermano Mayor y cede la mayordomía a Juan Benítez quien la ostenta, tras breves paréntesis, entre 1712 y 1727. Ambos fueron grandes bienhechores de la Hermandad y contribuyeron con capital propio a su desarrollo.

A partir del segundo tercio del siglo, el cargo de mayordomo se convierte en motivo de varios conflictos al ir perdiendo su carácter primitivo dependiente del carisma personal que lo ocupaba. En este sentido, hay que decir que los primeros mayordomos no llevaban ni se les exigía un control detallado y por escrito de las cuentas ni de sus actuaciones. Tras Benítez, los cofrades se aperciben de que no se podían continuar con esta práctica ya que se detectaron extravío de documentos, bienes patrimoniales e incluso de iniciativas comprometedoras tomadas sin el acuerdo de la junta de gobierno, por lo que se determina un mayor control a la gestión del Mayordomo que, además de llevar escrupulosamente los libros de cargo y dato, debía someterse a fiscalización y a rendición de cuentas anuales.

La actuación de los sucesivos mayordomos y unos conatos de pugna por resultar electos hacen mella en el ánimo de los cofrades, detectándose malestar por el excesivo predominio y autonomía del cargo. Todas estas circunstancias hacen que en 1746 tenga lugar el sorprendente acuerdo de nombrar por Mayordoma de la Hermandad a la propia Titular, Nuestra Señora de la Piedad, en un intento, sin duda, de limitar el protagonismo del cargo y someterlo a un control compartido. En su lugar se elige a un tesorero. Esta situación se prolonga varios años.

Paralelamente a este descenso de categoría del empleo de Mayordomo, se produce el tránsito hacia la hegemonía y protagonismo del de Hermano Mayor con unas funciones más efectivas como coordinador de la Mesa de gobierno. Sin embargo, esto no se constata claramente hasta el último tercio de siglo ya que estos años se elige para este puesto a un prócer sevillano, el marqués de Sobremonte, teniente mayor de Asistente, que lo prestigia desde un punto de vista social y le otorga patrocinio económico, pero no puede hablarse de una vinculación propiamente dicha de este Hermano Mayor a la Hermandad. Es un claro ejemplo de política cofrade de vincular a personalidades de la vida social Sevillana en un intento de promocionar la Hermandad y dotarla de mayor estabilidad.

Ya en los años finales del siglo, las personalidades de Vicente y Mariano Albelda otorgan el definitivo perfil al cargo de Hermano Mayor efectivo, en una fase de extrema precariedad para la Hermandad en donde con pocos cofrades e imposibilitada de convocar cabildo de elecciones se hubo de mantener las actividades mínimas de culto. En este caso se constata el carisma personal no como bienhechor o patrocinador, sino sobretodo por la labor de constancia y de impulso devocional entre el vecindario.

El Rosario en Sevilla

En breves líneas he tratado de constatar la importancia del carisma personal en el ámbito de la religiosidad moderna Sevillana, aunque perfectamente extensible a Carmona y demás ciudades de la Andalucía Occidental, como un elemento sustancial al propio carácter de sus manifestaciones y que se concretasen en las hermandades y cofradías en donde el pueblo llegó a encontrar el cauce más adecuado para su genuina expresión formal.

Gracias al estudio de los documentos de corporaciones como ésta, es posible al historiador conocer de un modo fidedigno no sólo el nombre de los cofrades que se significaron especialmente en el impulso y desarrollo de la religiosidad, sino sobretodo sus características personales, los motivos que guiaban sus acciones y la comprobación de como marcaban una impronta profunda en su entorno cofrade y devocional.

(Publicado en el Boletín del Consejo de Cofradías de la ciudad de Carmona, año 2001)

Carlos José Romero Mensaque

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